Mudando la piel es una novela musical. Diecisiete temas que cuentan una sola historia. La novela por entregas que contiene este blog cuenta la misma historia pero profundizando un poco más. Cada semana añadiremos el capítulo correspondiente. Cuando finalice la primera parte, comenzaremos con la segunda en otra entrada, para que sea más fácil seguir la historia. En cuanto al álbum, estará listo el año que viene.
Si te apetece escuchar el primer tema, pincha en un retrato.

martes, 8 de diciembre de 2015

TERCERA PARTE

(19) Mentes voladoras

Trabajo y pienso. En Slim. Que me espera en el paseo. La verdad, no acabo de fiarme de él. No es como los otros. Yow respira franqueza; y Kodd, dulzura. Del Kodd onírico, hablo; el real es un poco más soso. En definitiva, que son buenos chicos. Mientras que este es un pillo de cuidado… ¿Qué estará pensando ahora? Adoptaré su personalidad para escribir lo que trama. Porque seguro que trama algo.
Ya le veo. Se está vistiendo para la ocasión. Allá voy…: cierro los ojos, salgo volando por la ventana y me cuelo en su piso. Me siento en su cama. Como no puede verme… No sabe qué camisa ponerse. Finalmente se decanta por una negra. Se planta frente al espejo. Respingo por dentro. Me asomo. No, no salgo. Resoplo. Vaya trago. Porque los vampiros sí salen (en los espejos) y no sería raro que saliesen también las mentes voladoras.
Slim se pone de perfil. Extiende los brazos. Cierra los ojos. Toma aire. Y se pone a (!) cantar: 
«“Y si quieres, también vengo en pijama”, le dije, y ahora voy a por ella para decirle: “Ya sé que no te fías de mí. Piensas que soy un vivo, un listo, un pillo, un canalla integral que goza enamorando y luego se va. Y no diré que es mentira, aunque contigo es diferente. Esperaré a que me conozcas y así podré yo conocerte”».
No os lo vais a creer: hay música en el aire. Igual que en el sueño. Sí, me lo estoy imaginando todo, ¡pero es demasiado real! Ahora suena una guitarra levemente distorsionada que me lleva de vuelta a mi apartamento. Y aquí estoy, delante de mi espejo, cantando:
«Igual te digo una tontería”, le dije, luego me callé pero le di una cita, y dentro de un rato me quedaré a solas con ese marrajo. Y yo me pregunto qué tendrá pensado, que me he de poner paʼ dejarle planchado, paʼ que no se me eche encima, paʼ que no se ponga pesado.Visualizo el chándal de fregar ventanas, mi gorra amarilla, las gafas de pasta... Y unas ʽChuck Taylorʼ, paʼ salir corriendo si pasa algo».



(20) Abrazos tostados con mermelada

«Si pasa algo…» Pues lo pensé y pasó. Aunque creo que hubiera pasado de todos modos. Creo que lo intuí. Hay quien piensa que es más fácil que pase algo si piensas que va a pasar. Yo creo más bien que a veces intuimos que va a pasar algo. Y, cuando pasa, algunos se culpan por haberlo pensado. Yo no: yo pienso que no podemos influir en los acontecimientos con el pensamiento. No somos tan poderosos. Pero sí podemos trazar nuestro destino con la actitud y con las acciones que de ella se desprenden. Y de ahí las intuiciones. Sabemos que estamos en plan C y el resultado será sin duda del tipo C. Más que intuir, colegimos. Eso sí, de forma íntima, casi sin darnos cuenta.
Al margen de esto, últimamente siempre me pasa algo. Antes, cuando mi vida era monótona, no. Todos los días eran iguales. Pero ahora, por el contrario, cada día me pasa algo. Y ayer pasó lo que tenía que pasar. Lo que me tocaba. Lo que yo me busqué. El resultado: una historia pasa de largo y otra vuelve en su lugar.
Lo contaré en presente, como si lo estuviera reviviendo.
Slim me ve llegar con el chándal de fregar ventanas, la gorra amarilla, las gafas de pasta y las ʽChuck Taylorʼ. Me ve llegar ¡y me reconoce! A la primera. Y no pone una cara rara. No pone ninguna cara. Me da un beso, me guiña un ojo y nos vamos de la mano. Todo un caballero. No me lo esperaba. Lo confieso: algo se me ha removido muy adentro.
Pero la fiesta nos dura poco. Cincuenta metros más allá nos cruzamos con cuatro jóvenes que empiezan a burlarse de mí. «Callo malayo.» «Gafotas.» «El bello y la bestia.» Y claro, Slim se lía a tortazos. Con los cuatro. Un valiente. Yo intento ayudarle cogiendo a uno por el pelo, pero no tardo en rodar por el suelo. En la siguiente escena abro los ojos y veo a Yow. No, no es otro sueño: ese guapito que me falló está ahora con la Cruz Roja.
Yow me suelta un sermón. «¿Qué haces aquí a estas horas con esa pinta? La verdad, no sé qué ha podido pasar... Anda, vamos, en casa me lo contarás.» Pide permiso, se acerca, toma mi mano, y yo rompo a llorar, y entonces me dice: «Si aún me quieres, yo te quiero más».
Ya de camino, explico: «Me he vestido así por una razón: quería que él supiera que tengo mundo interior. Sigo buscando un verdadero amor, y no uno se esos que huyen tras el primer tropezón». Él no se da por aludido. Por supuesto sabe que es el del primer tropezón, pero en vez de comentarlo, pregunta: «¿Y qué ha pasado, por qué le han apaleado? ¿A ti te han hecho algo? ¿Estás bien? ¿Estás bien?».
Ha repetido el «¿estás bien?» porque no reacciono. No reacciono porque me he quedado embobada con los ojos del nuevo Yow. Con su forma de preguntarme si estoy bien. Ha cambiado. Ha madurado. En cuatro días se ha convertido en un hombre. Y siento que me vuelvo a enamorar. Deg, la bobalicona enamoradiza, esa soy yo.
«Sí, estoy bien. Cuatro borrachos tarados me han insultado y él me ha querido defender, pero estoy bien.» Llegamos a casa. A mi casa. A la que fuera nuestra casa. Entra y me dice: «Nada ha cambiado. Parece que me fui ayer. O anteayer». Ese anteayer burlón termina de conquistarme y le suelto: «Puedes quedarte si quieres. Y así charlamos hasta el amanecer. Y desayunamos...».
«...unos abrazos tostados con mermelada...», continúa él.
«...y diez mil besos con café», completo yo.
«Eso está bien», susurra.
«Sí, está bien», susurro yo.



(21) Veintiún gramos de aliento

Aquí estoy. En casa. Mirando a Yow. Tras una larga noche que en realidad ha sido la más corta de mi vida. Una noche que jamás olvidaré. La noche de la gran charla. La noche en que los dos nos hemos encontrado por segunda vez. Ahora, los dos frente a frente, café con leche y pan tostado con mermelada, le susurro:
«Sí, está bien de nuevo encontrarte, de nuevo encontrarte, de nuevo encontrarte».
Él no dice nada. Debería preguntarme que por qué he repetido tres veces lo mismo. Pero no lo hace. Sigue mirándome. Sin decir nada. La verdad es que ni siquiera yo sé por qué he repetido lo mismo tres veces. En esas estoy cuando una voz que me suena ajena susurra:
«Y entender que tú eres mi destino, que tú eres mi destino».
Otra vez. He vuelto a hacerlo y lo inquietante es que ignoro el motivo pero sé que existe. Es como si estuviera interpretando un sueño escrito para mí. Para nosotros.
«Y ahora que vuelvo a tenerte aquí, te miro, me encuentro, nos veo en un jardín. Y entre los pliegues del amanecer te digo, te pido: vámonos de aquí: lejos de esta ciudad que llora y muerde y chilla como un loco desquiciado.»
Yow asiente. Se cruza de brazos y asiente. Arruga la cara y luego la estira. El rey de las caras. En eso no ha cambiado. El chico de las caras raras y la chica de las sonrisas inéditas. El inventa caras y yo sonrisas. Tal para cual. 
«La historia se repite, ¿recuerdas?: sácame de aquí, vámonos, no puedo respirar.»
Y entonces me dice que sí, que su abuela tiene una finquita abandonada en Parcent, tres hectáreas y una casita, almendros, olivos y algarrobos, agua de pozo y placas solares. Y que seguro que se alegrará mucho cuando sepa que queremos instalarnos allí. «Si nos quedamos, nos la regala, puedes contar con ello.» Yow se emociona por momentos y empieza a hablar de gallinas, de calabacines y de mercadillos. Esto último me hace pensar en la desaparecida Índig y le pregunto por ella.
«¿La conoces?»
«Sí: una vez me vendió un libro. Pero no he vuelto a verla.»
«¿Recuerdas que libro te vendió?
«Sí: ʽDonde la brisa te hablaʼ. Es de un escritor afincado en Calpe.»
La chica de las sonrisas inéditas diseña y ejecuta la que la ocasión merece. La bautizaremos como ʽsilenciosa de pepinillo picanteʼ. No: todas las sonrisas no son silenciosas. Algunas hasta salpican. Y una sonrisa estridente te puede crispar. ¿Sonríes? Si fuéramos un pueblo inteligente-sonriente, tendríamos un nombre para cada sonrisa; como somos un pueblo ignorante-insultador, pues tenemos un nombre para cada insulto.
Según la RAE una sonrisa es la acción y efecto de sonreír, y sonreír es reírse un poco o levemente (y sin ruido), y reír es celebrar algo con risa, y risa (en su primera acepción) es el movimiento de la boca y otras partes del rostro (que demuestra alegría).
Según la REA (de realidad) podemos esbozar una sonrisa sin sonreír y reírnos sin mover la boca ni otras partes del rostro (y sin demostrar alegría).
Si sintetizamos todo lo dicho por la RAE, llegamos a la siguiente conclusión: una sonrisa incluye un movimiento de la boca, alegría y silencio. Mientras que yo he diseñado sonrisas sonoras, sonrisas tristes y sonrisas estáticas; y también una sonora, triste y estática.
Pero ahora, el recuerdo de Índig y de ese P.L. (que probablemente no es el P.L. que yo conocí) me deja en la boca esta sonrisa ʽsilenciosa de pepinillo picanteʼ. Que se desvanece ―boca entreabierta― cuando pienso en la dedicatoria que me regaló el auténtico P.L.: «Para mi amiga Deg, que acaba de robarme veintiún gramos de aliento».



(22)  ¿Será porque me lo merezco?

No somos ingenuos. Pero nos gustar soñar. Aunque con los pies en la tierra. Y por eso nos mudamos al campo. No será fácil sobrevivir. Ganarse el pan. ¿Que de qué vamos a vivir en el campo? Yow dice que se ofrecerá como chico para todo. Ya tiene las tarjetas. ¡Y me ha puesto a mí también! Un cosquilleo me ha recorrido entera cuando he leído nuestros nombres.
Deg & Yow
(Finca Arrimada)
...trabajos agrícolas sencillos y demás...
653.928.283
Y demás... Me ha hecho gracia. Yow dice que repartirá todas las tarjetas. ¡1.000! A ver si no vamos a poder con tanto trabajo... Irá de casa en casa. En los pueblos siempre hay trabajo. Un margen roto, podar, recolectar, limpiar un jardín, limpiar la casa de un anciano. Lo que sea. Sácame de aquí: no puedo respirar: se lo pedí dos veces y se ha hecho realidad.
Ya estamos arreglando nuestro hogar. Con los mil euros que nos ha dado la abuela de Yow. La yaya. Que está contentísima. Él ya lo sabía. La conoce bien. En la otra esquina, sus padres ríen. Por no llorar. Porque son supertradicionales y nuestra relación se les ha atragantado. No, nos han dado ni un euro. Como no vamos a casarnos...  
 Me gusta el campo. Con sus grillos. Con sus viejos postes de electricidad. Otro aire. Un aire que alimenta. En cuanto acabemos de acondicionar la casa, volveremos corriendo a Calpe, recogeremos nuestras cosas y adiós, asfalto, adiós. Despedirnos. Para no volver. Incluso de ese marrajo que está en el hospital. Vale: volver, volveremos, pero de visita.
Sácame de aquí, le pedí, y lo está haciendo. Lo estamos haciendo. Yo sola no podía. Él solo tampoco podía. Juntos descubrimos nuestro destino y juntos nos vamos. La magia del amor. De los planes en común. De hacer algo por el otro. Para que el otro sea feliz. Yow me quiere. Sé que me quiere. Lo supe desde el principio. Pero necesitábamos encontrarnos. Conocernos y enfadarnos para volver a conocernos. Y ahora solo tiene ojos para mí. Todo él se vierte en mí. Cada vez que nos miramos, nos entregamos. Sin condiciones. Yow sabe lo que quiero y yo sé que intentará dármelo. No soy ambiciosa, así que lo va a tener fácil. En realidad solo quiero que me quiera. Que se preocupe por mí. Por nosotros. Que me respete. Ayer decía que no era mi cocinero y hoy prepara guisos de su invención. Naturales & Exquisitos. Y limpia tanto o más que yo. Además, esta mañana le he pillado sentado. En el inodoro. ¡Y el asunto era menor! Nos hemos mirado y seguro que la sonrisa que he diseñado era de enamorada babeante. Entonces él ha puesto una de sus caras raras, y otra cuando le he dicho que esta noche era la noche.
El gran momento ha llegado. «No quiero que te canses», le dije el primer día, y me azoré al pensar que tal vez había entendido mal eso de que «los limones los llevo yo», pues podría pensar que lo necesitaba con toda su ‛potencia’. Pensé aquel día que solo lo haría cuando nuestra relación fuera císnica o llevase camino de serlo y ya lo es (o lleva camino de serlo). ¿Será porque me lo merezco?



(23)  Si me sale mal, vuelvo contigo

Hoy me ha pasado algo raro. Algo que no me gusta demasiado. Porque me confunde. Quiero ser la chica de las ideas claras y me molesta no aclararme. Sé que soy joven y que un joven es un trozo de carne tersa relleno de dudas y que el remedio llega con la madurez y que todos los jóvenes piensan tonterías, pero ¿por qué no puedo ser la excepción?
Siempre quise ser la excepción. Por eso nadie me veía. Cuando eres raro, te miran y no te ven. Y al final ni siquiera te miran. Aunque yo era una rara muy normal. Una rarita que no llamaba la atención. Tranquila. Callada. Cerebral. La chica de la que ningún chico se enamora. Hasta que me fui. Cuando me alejé de mis padres, me convertí en la chica de la que todos se enamoran. 
Ahora estoy en el hospital, despidiéndome de Slim, mi chulito.
Él me mira. Con sus nuevos ojos. En esta nueva etapa, todos mis chicos cambian al conocerme. Sin apenas esforzarme, consigo que me miren como a mí me gusta. Pero solo puedo quedarme con uno. Decía al principio que hoy me ha pasado algo raro y es esto: me he dado cuenta de que me gustan los tres. Yow. Kodd. Slim. Vale, aunque lo más probable es que el Kodd real no esté a la altura del Kodd onírico, sé que podría cambiarle. En todo estoy pensando cuando Slim me dice:
«Me lo merezco. Me merezco lo que me ha pasado. Y también que tú te vayas con el guapito ese. No supe ser lo que realmente quería ser: un tipo social y nada duro. Un tipo que te hiciera reír. Y mira, me di cuenta cuando te pusiste a llorar. Cuando te insultaron. Y ahora estoy aquí. Así. Tan mal. Tortura china. Me gustaste, Deg. Me gustas. Me gustarás. Aunque seguramente piensas que solo quería verte rodeada de estrellas, en un vaivén de mágicas horas, y con la Luna alrededor».
Slim enmudece. Como si se le hubiese escapado algo. ¿Dónde he oído yo eso de la Luna alrededor? No consigo recordarlo, pero me es extrañamente familiar.
«Te hubiera dicho cosas tan chulas... ―continúa un Slim que se ablanda (y me ablanda) por momentos―. O malos versos, mi Melibea. ―Aquí sonríe sin sonreír―. Perdona, pero no pude (o no quise) ir a la escuela. ―Y a modo de disculpa―: Es que la vida me atrapó...»
Vuelve a enmudecer. Aunque apenas nos conocemos, es como si nos conociéramos desde siempre. ¿Por qué no puedo tener dos novios?, me pregunto. O tres. Me lo pregunto pero no me respondo. Todavía estoy pensando en ello cuando Slim vuelve a hablar:
«Pero no me creo que no pensarás un poco en mí».
Levanta el labio superior para esbozar una dolorosa sonrisa. Yo empiezo a llorar y susurro:
«¿Qué será de ti?...».
Él me toma las manos como si quisiera quedárselas. Y me suelta:
«Por tus manos temblando en mis manos sé que te he perdido. Pero en este instante juro por mi sangre que siempre tendrás un amigo aquí», y se golpea el pecho».
Este Slim es un poco dramático. Casi trágico. Teatral. Pero conmovedor. Sé que juntos llegaríamos lejos. Creceríamos juntos. Y le digo de pensamiento:
«Allá en tu pub me pareciste más duro... Y al verte aquí, me pareces tan puro... Qué pena me da no poder quedarme a tu lado. Pero tengo novio. Miedo me da dejar todo atrás. Si me sale mal, vuelvo contigo».



(24)  Pesadilla musical

Anoche tuve una pesadilla. Musical. En ella, mis tres chicos y Tibu se me disputaban. He despertado de madrugada, bañada en sudor pero relajada, como si la pesadilla hubiera puesto las cosas en su sitio. Como si la pesadilla fuera el principio o el final de algo. De hecho, ahora estoy sola, en el apartamento donde todo empezara, y siento que todo gira a mi alrededor (Luna incluida), que soy el centro del mundo, que todo me espera y que (todo) es nada sin mí.
Me siento bien. ¿Demasiado bien? Sí. Pero no me preocupa. Estoy tan bien que nada puede preocuparme. Ni siquiera mi inquietudes cuadrangulares. Algo me dice que al final todo cuadrará. Ahí está: cuadrar (en su undécima acepción): «Agradar o convenir con el intento o deseo». O sea, que el cuatro es mágico. Ja, ahora recuerdo que Tibu también me pretendía. En mi pesadilla. Pues lo siento, tiburoncete, pero el bestialismo no es lo mío. Aunque, pensándolo bien, mi Tibu no es un animal... ¿Parafilia fetichista? Bah, no me siento desviada en ninguna dirección y en la sexual menos aún. De manera que Tibu tendrá que conformarse con mi amistad incondicional.
«Ya no volvió conmigo, se la llevó un ladrón, quedé tan deprimido que reventó mi corazón», cantaba Slim en mi pesadilla mientras daba vueltas sobre mi cabeza.
«La conocí en un sueño pero ella despertó, fui solo un personaje al que robo el corazón», cantaba Kodd, que también daba vueltas sobre mi cabeza (con la Luna alrededor).
«Ella me echó de casa con toda la razón y tengo un reto por delante: conquistar su corazón», cantaba un Yow que, ¡cómo no!, giraba junto a los otros.
«Tengo tres amores sin contar a Tiburón, bailando en mi cabeza, pero resistió mi corazón», entonaba yo.
Y un Tibu bastante osado, cantaba mordiendo el aire:
«Pero yo soy su preferido, esperaré mi ocasión, y cuando se despisten, robaré su corazón».
¿Qué os parece? ¿Os parece que tengo un cerebro normal? Como dije antes, me siento requetebién, inmersa en una placidez que tampoco me parece normal. Estoy tan a gusto... Como flotando. Un momento. ¡Estoy flotando! No sé cómo ha sucedido, pero ya no estoy en mi apartamento. Estoy con Yow, con un Yow dormilón, silencioso, feliz. Estamos tumbados sobre la hierba, sobre un pedazo de tierra flotante alfombrado de hierba. El día es espléndido, las nubes pasan junto a nosotros, también una bandada de patos sonrientes, sin lugar a dudas estoy en el cénit del día más feliz de toda mi existencia. Y de repente, el pedazo de tierra flotante alfombrado de hierba empieza a inclinarse.
«¡Nos caemos, Yow, nos caemos, nos caeeemos!...»
Y entonces me despierto. Y oígo el murmullo playero. Y, sobre él, la áspera voz del Sigiloso. Y siento el sol sobre mi piel. Y la toalla bajo mi cuerpo. Y noto cómo el pecho se me congestiona. Porque sé que estoy despierta. He despertado de verdad, y no como cuando soñaba que despertaba del sueño koodiano o de la reciente pesadilla ʽcorazón reventado, robado, conquistado, resistente o robableʼ. ¡Estoy despierta! Y sé que todo ha sido un sueño. ¡Un sueño múltiple! Que ya es historia. Que solo existe en mi cabeza. ¡Qué vacío, Dios! Quisiera desaparecer, evaporarme, morir. Morir después de morir, pues ―de alguna manera― este despertar ya me ha matado. O lo que es lo mismo: la Deg de la que todos los chicos se enamoran ha muerto, la chica de las sonrisas inéditas nunca existió, Yow se ha quedado sin novia y yo ni siquiera tengo fuerzas para abrir los ojos.



 (25) Un sueño perfecto

Abro los ojos. Los vuelvo a cerrar. Estoy en la playa. Pero eso ya lo sabía. Aun así, me mareo, no puedo respirar. ¿Qué es lo que pasa aquí? Aunque sé qué es lo que pasa aquí, no acabo de creérmelo. Joder (con perdón), no quiero creérmelo. Después de tantos años, mi sueño se había hecho realidad y resulta que todo era un sueño. Un sueño perfecto que no me deja nada.
Abro los ojos. Ahora con decisión. Me incorporo. Ahí está el Sigiloso. Y el Chivato. Con mamá. Trago saliva. Tengo la lengua de trapo, pero a estos no les voy a pedir nada. Me muero por una limonada, y tendré que buscarme la vida. Tendré que intentar ser como la Deg onírica. Decidida, imprevisible, optimista. Una Deg que jamás se arruga.
Me levanto. ¿En qué parte de la playa estoy? ¿Dónde habrá un bar? Ah, ya me ubico. ¡Ufff, cómo quema la arena! Sin que nadie se dé cuenta, me alejo de la zona familiar y a saltitos llego al paseo. Me examino mentalmente y casi no me lo creo: ya no soy la de antes: soy la chica del sueño. Voy llegando al chiringuito y me siento renovada. Si el Chivato me persigue, verá lo que esta pobre chica le va a dar.
«¿Qué (!) veo?»
¿Veo visones?: porque me veo a mí, veo la escena que yo viví, veo a ese chico que en sueños vi, y viene hacia mí con las cosas que yo llevaba. ¿Cómo es posible que esté pasando? ¿Cómo saber si no estoy soñando? ¿Cómo saber que no me he dormido? ¿Cómo es posible? ¿Cómo (!) es (!) posible? Tomo aire y me respondo: «Es como en el sueño pero al revés, tonta».
La pregunta es: «¿Y ahora qué hago?». Es inaudito, es increíble, ¿acaso va a hacer limonada? Lo que no puedo explicarme es lo del tiburón azul. Porque lo del agua y los limones podría ser una coincidencia. Pero lo de Tibu, no. Lo de Tibu me descoloca. Pero me estoy estremeciendo, y me pellizco fuerte y no despierto, y me muerdo el labio dos veces y todavía sigo aquí, y él sigue viniendo hacia mí, y sé que no, que no estoy soñando otra vez.
Parece que no es quimera. Ni una realidad cualquiera. O sea, que si no hago algo ahora, es mi vida la que se va. «Agua y limones», le soltaría, para ver cómo reacciona. Para ver si me replica, como en el sueño: «Y un tiburón azul». Yow traza una línea perfecta entre nuestros ojos y nueve pasos después nos detenemos. Sin decir nada, aquí estamos, cara a cara.
«¿Vas muy lejos?», le pregunto, y se me queda mirando como un tomate que, al parecer, quiere hablar.
«Yo te conozco y no sé de qué, ¡pero qué bien te conozco!...», me dice.
Y yo, burlona, le respondo:
«¿Verdad que tienes ventilador, azúcar, cubitos y un exprimidor?
Sonrío. Triunfal. Por la réplica. Que certifica mi metamorfosis. Definitivamente soy la Deg onírica y eso lo cambia todo porque ella que soy yo siempre consigue que todo cambie.
«Ah ―y aquí pone una de sus caras raras―, tú eres la chica con la que sueño. ―Pone otra cara. Y otra más. Entreabre la boca y articula sin convencimiento―: Te habré visto en la playa o tal vez en el pueblo.»
Estoy que floto. Si doy un saltito, me quedo flotando. Así de ligera me siento. Ligera pero fuerte. Intrépida. Como si el mundo fuera un huevo. Un huevo pelado. Blanquito. Blandito. Listo: le echo sal y me lo como. Así me siento cuando le respondo:
―Y tú eres Yow, el chico de mis sueños, y hoy estamos bien despiertos. Es como un segundo sueño, y yo me siento flotar.
―Es como si te encontrara ―susurra él― después de una eternidad.
―Cuando comenzó mi sueño me oía repetir: «Agua y limones». En realidad lo cantaba mentalmente ―le explico―. Sin pensarlo había compuesto una melodía y «agua y limones» era toda la letra. Iba a hacerme limonada y fue entonces cuando te vi. Sé que es difícil de creer, pero también había comprado un tiburón azul. Idéntico al tuyo. No se cuánto habrá durado mi sueño. Ha ocurrido todo hace un rato: estaba tomando el sol, me he tapado la cara con una toalla pequeña y me he quedado dormida. Ahora me pregunto si no te habría visto ya...
―Es posible ―dice Yow―, porque compré todo esto hace más de una hora. ―Y ante mis cejas enarcadas―: Es que me he encontrado con un amigo y nos hemos metido en ese chirringuito ―lo señala con la barbilla― a tomar una cervecita.
―Ah... eso lo explicaría todo. O casi todo. Has dicho que soy la chica con la que sueñas... ¿Qué hacía yo en tu sueño?
Yow pone cara de pito.
―Me invitabas a limonada. ―Pone cara de calabaza―. Llevabas un tiburón como este. Por eso lo he comprado...
―Qué curioso... Yo, cuando te vi, te solté mi cantinela, la canción de la limonada, ya sabes, y tú...
Una brisa tibia me hace girar la cabeza. La playa ha enmudecido. Sigue atiborrada, pero muda. Como si estuviera contemplando una película muda en color. Vuelvo la cabeza al frente. Yow no ha dejado de mirarme. Está realmente embobado. Vaya, creo que yo también estoy embobada. Entreabro la boca: sin comprobarlo, entiendo que sobre nosotros gira el Sol y... la Luna alrededor. Sonrío como nunca lo había hecho. Y una lagrimilla feliz se desliza por mi mejilla porque ya no cabe duda: soy la chica de las sonrisas inéditas. Una familiar melodía llega hasta mis oídos y me oigo cantar:   
―Agua y limones...
Yow se pierde en mis ojos antes de replicar:
...y un tiburón azul.


sábado, 19 de septiembre de 2015

SEGUNDA PARTE

(9) Con él o sin él

 Calpe septembrino. Aunque todavía hay gente, ya no es como agosto. Pregunto y pregunto. Me canso de preguntar. He repartido treinta copias del currículum que me ha hecho Yow. Y nada. Los dos parados. «He de hacer algo», resuelvo, y me levanto a las siete de mañana. Voy a trabajar, lo tengo claro, y me da igual que me exploten. Vale, no me da igual. No me da igual pero haré lo que sea con tal de ser independiente.
Sí, lo que sea. Si no encuentro nada, si no encontramos nada, me alquilaré. Alquilaré mi cuerpo. Pondré un anuncio en un periódico local gratuito:
¿Te gustaría conocer a una chica virgen de dieciocho años? Pues esa soy yo. ¡Llámame!
Claro que este anuncio solo valdría para la primera vez. Después tendría que poner:
¿Te gustaría conocer a una chica recién desvirgada de dieciocho años? Pues esa soy yo. La chica que solo ha sido usada una vez. ¡Llámame!
Y así hasta encontrar trabajo. ¿Que me he pasado? ¿Que no voy a hacer eso? ¿Que estoy diciendo tonterías? ¿Que no es necesario llegar a ese extremo? ¿Que estoy bromeando? Sí, claro, por supuesto, estoy bromeando, pero no está de más ponerse en lo peor. Por si las cosas se tuercen y acabamos ahí, en lo peor, o, como dicen en las malas series, en el arroyo.
En el arroyo porque nos hemos gastado nuestros ahorros en el alquiler del apartamento y en unos días no tendremos ni para comer. Puntualizo (sin mala intención): mis ahorros; Yow solo ha aportado ochenta euros. El pobre… Dice que sus padres están enfadadísimos. «¿Acaso te has vuelto loco, hijo?», gritaba su madre. Y, cuando él trataba de explicarle la situación, ella alzaba la voz aún más.
«¡Mami!: estoy ante una situación desesperada: Deg me necesita.» Pero la mami ni caso.
«¿De verdad la llamas “mami”?», le pregunté.
«Sí…»
«¿Y a tu padre le llamas “papi”?»
«No ―y con marcado sarcasmo―: le llamo “papuchi”»
Qué risa. Las caras que pone. En fin… Siguiendo con lo del apartamento, vaya suerte hemos tenido, pues conseguir un piso sin trabajo es casi imposible. Casi. Nosotros somos la prueba. Una excepción espúrica si tenemos en cuenta que el inmueble es de un tío segundo de Yow. Pero, aun así, nos lo ha dejado muy clarito: «Si no pagáis, vais a la calle, que necesito el dinero; dos meses de retraso es lo máximo que voy a tolerar. ―Y cogiendo a su sobrino por el brazo―: Eh, tú, Yow, ¿lo has entendido?».
Un tío bastante bruto. Creo que, si no pagamos, nos echara él mismo. A guantazos. A gorrazos, dijo, pero no lleva gorra… Y como su sobrino tiene casa… Yo le importo poco. Me lo ha dicho con los ojos. Índig me puso en antecedentes: «Fíjate y observarás que hay muchos ojos habladores por aquí: son los casi inadvertidos ojos habladores de la Costa Blanca».
Un poco barroca en el hablar, mi ¿amiga? Índig. Ahora que lo pienso, ella conoce a tanta gente… Seguro que puede encontrarme trabajo. Como estoy dispuesta a trabajar por casi nada…
«Creo que Yow está desilusionado. Mis padres ya se han ido. Estoy sola. ¿Tengo miedo? Sí. ¿Tengo mucho miedo? Sí, mucho. (…) Lo haremos cuando nuestra situación sea estable. ¿Qué pensará él? ¿Quiere hacerlo ya? ¿Me importa lo que piense? Sí. ¿Me importa mucho lo que piense? No. El miedo me da fuerzas y saldré adelante con él o sin él.» 



(10) El asunto raro

Tengo trabajo. En una cafetería. De nueve a nueve. Seiscientos euros más las propinas (cuando esté de camarera). Cuando esté de camarera porque voy a hacer un poco de todo: limpiaré el local y ayudaré en la cocina y en la barra y donde haga falta. La chica para todo, esa soy yo. Una cosa me preocupa: me voy a pasar doce horas en esa cafetería y… ¿qué hará Yow?
No, él no ha encontrado trabajo. No, él no está dispuesto a trabajar tanto por tan poco. No, él no es como yo. ¿Que si me sigue gustando? Por supuesto, ¡es mi chico!, y no le daré la espalda. Pero… sí le exigiré coraje. Mi pobre Yow. En qué lío le he metido. Hemos pasado unos días juntos y ahora se va a quedar solo. Mi adorable amo de casa. Veremos cómo se porta…
Por cierto, Índig ha desaparecido. Pregunté en el Rastro y no es que no sepan dónde está, ¡es que ni siquiera se acuerdan de ella! No es normal. Algo raro está pasando. Ayer hablé con P.L., el escritor preferido de Índig, «¿qué sabes de ella, la has visto últimamente?», y, después una dilatada pausa que llenó con una cara de bobo inédita, me aseguró que no conocía a ninguna Índig.
«Claro que la conoces: cuando vine a que me dedicaras tu Brisa, hablamos de ella.»
«Si tú lo dices…»
Me quedé mirándole unos segundos y luego me marché sin despedirme. Ese P.L. no es el P.L. que yo conocí. Es un P.L. sin chispa, un tipo mediocre, casi una caricatura de aquel P.L. que escribiera: «Para mi amiga Deg, que acaba de robarme veintiún gramos de aliento». La verdad es que no recuerdo bien esos días. Recuerdo el Rastro, recuerdo a Índig, recuerdo a un P.L. entrañable, pero ―extrañamente― he olvidado todo lo demás.
Algo raro pasó. Algo raro está pasando. ¿Qué? No lo sé y tampoco le voy a dar más vueltas a un asunto que escapa a mi entendimiento. «¡No, no le voy a dar más vueltas!» Me lo he gritado porque mi mente volvía al «asunto raro». Un asunto que podría convertirse en una obsesión. Esta vida nuestra de cada día que algunos califican de vulgar, yo la siento especial, original, extraordinaria, y estoy convencida de que, si empiezo a tirar de la madeja, voy a terminar enredada en un mundo inimaginable.
Lo presiento. Casi puedo sentirlo. No sé cómo es ese mundo pero sí sé que no me conviene adentrarme en él.
Soy Deg.
La novia de Yow.
Una chica independiente.
La dieciochoañera del tiburón azul.
Este es mi mundo y los otros no me interesan.
¡Y no le voy a dar ni una vuelta más al «asunto raro»!



(11) No me rendiré

Estamos a finales de septiembre. Llueve. Ya era hora. Aunque, en este caso, sería más apropiado decir que ya era mes. Qué raro es el lenguaje. Lo vamos confeccionando año tras año y después de muchos deviene abstracto. Y utilizamos el «ya era hora» cuando queremos decir «ya era año». Por ejemplo: ¡me he independizado!, ¡soy libre!: ya era año… Porque si digo «ya era hora» es como si estuviera hablando de una cuestión encerrada en un día (de veinticuatro horas); todo lo que pase de eso debería ser «ya era día»; y todo lo que contenga más de treintaiún días, «ya era mes». Digo yo…
Tú te estarás preguntando: ¿y a qué viene esto? Y yo te respondo: ¿acaso no estoy escribiendo? Vale, pues también pienso. Escribo y pienso, y pienso en lo que escribo, y escribo lo que pienso. Ahora estoy en la cafetería. Acabo de comer. Emperador con arroz + guarnición de verduras. Buenísimo. A ver si voy a engordar… ¿Qué diría Yow? Mi pobre Yow…
Lo has adivinado: las cosas andan mal entre nosotros. Yow no encuentra trabajo y tampoco quiere ser amo de casa. ¡Ya querría yo ser el ama de casa! Y recibirle cada noche con la sonrisa del día. Ahora sí: del día y no de la noche porque sí existen los días de la semana pero no las noches de la semana. Vale, sí existen pero no tienen un nombre que las diferencie de su día. ¿Será porque son femeninas? Lo femenino siempre lleva las de perder. El día, jueves; la noche, noche del jueves. Cuando reflexionas, es indignante. Como si la noche fuera menos importante que el día… Y ahora que caigo, ¿qué pensarán las tardes? Porque estas sí que están menospreciadas. La merienda, el té, ir al cine o de compras y para de contar. Tal vez una reunión femenina; como la misma tarde. Si echas la vista atrás, las tardes son descafeinadas y apestan a nostalgia barata. Pero si empezamos a profundizar, las mañanas aún salen peor paradas, llevar a los niños al colegio, corriendo a trabajar, encargos, bancos y mil líos más; las mañanas son femeninas y complicadas como la mujer que madruga sin ganas. Pensándolo bien, mediodías y medianoches se llevan la parte del león, comidas en familia, siestas y veladas románticas o íntimas. 
«Mi cabeza… Desde que escribo la siento llena y revuelta.»
Pensemos en esas sonrisas. Sonríamos por dentro para enfrentarnos a las adversidades. A ese Yow que no quiere cocinar ni limpiar ni orinar sentado (si tuviera que limpiar él, no mearía [disculpad la expresión] de pie). Sí, lo has adivinado otra vez: libro un día a la semana y es entonces cuando limpio: ¡y es entonces cuando descubro las repugnantes gotas de orín por todo el inodoro! Joder (con perdón), si lo limpiara él, no volvería a hacerlo de pie.
Como decía, pensemos en las sonrisas para olvidar los pucheros. La sonrisa del lunes sería esperanzadora; la del martes, consoladora; la del miércoles, sabrosa; la del jueves, burlesca; la del viernes, juguetona; la del sábado, indescifrable; y la del domingo, completa. Mis siete primeras sonrisas. Después inventaría algunas más. Muchas más. Una para cada día del año, con su variante nocturna.
Pero no soy ama de casa.
Y tampoco tengo amo de casa.
Que invente sonrisas variadas para mí.
Solo soy una chica que anda tras un imposible.
Sí, amigo, sí, amiga, lo sé, y no obstante: no me rendiré.



(12) Suéltalo

Sábado. Hemos tenido muchísimo trabajo. Casi ni he podido comer. Dos bocados y al tajo. La camarera masticadora. Porque he empezado a servir mesas con la boca aún llena y entre mesa y mesa me he zampado un cruasán relleno de chocolate. Suelo comer a las cuatro y media, después de recoger y limpiar las mesas, pero, por lo visto, la merienda sabática europea empieza a las cinco menos cuarto. ¿El té no se toma a las cinco? Aunque tés he servido pocos. Cafés, cafés con leche, leche al cacao y chocolate. Con su correspondiente bollería.
Llego a casa a las diez de la noche. Hambrienta. Cansada. Yow está tumbado en el sofá. Casi dormido. En vez de levantarse, gruñe algo ininteligible. Me inclino para besarle. Apesta a cerveza. La bebemos sin alcohol, pero algo me dice que también se ha bebido alguna de las otras. Le pregunto por la cena y vuelve a gruñir. Como no quiero presionarle, pues sé que lo está pasando mal, voy a la cocina a prepararme un bocadillo. ¡Y no hay pan!
Regreso a la sala, me encaro con él y articulo con exagerada claridad:
«Yow, escúchame: no hay pan y tampoco queda avena: ¿qué ceno?».
«Oh… ―Pone cara de palo―. Lo olvidé. Lo siento.»
«Lo siento…»
«Sí, lo siento, ¿quieres que baje a comprarte algo?»
«El día que nos conocimos, te pregunté: “¿Me mimarás?”. ¿Lo recuerdas?»
Ahora tuerce los labios y pone cara de pito. Ya lo dije y lo repito («pito-repito»): estamos ante un especialista en poner caras raras. Pero hoy no me hace ninguna gracia. Fíjate qué diferente hubiera sido: llego, se levanta de un salto, me besa, me estruja, me acomoda, sirve la mesa, cenamos ―charlando― y nos sentamos muy juntitos a ver una peli empezada.
Pero no.
¡No!
«Pues yo sí me acuerdo. Me contestaste: “Sí, sí, como a un bebé”. Eso me contestaste. ¿Lo recuerdas ahora? ―Y mientras asiente, ojos saltones, cara de bobo―: Pues yo me lo creí, y me enamoré. Y ahora, un mes después, resulta que soy un latazo…»
«Yo no he dicho eso.»
«Tu actitud lo dice», y, sin esperar respuesta, abro la puerta, doy el obligado portazo y echo a correr.
No sé qué me pasa. No sé si a «todo el mundo» le pasa. O si al menos le pasa a alguien más. Lo digo porque, en mi imaginación, me veo sola bajando las escaleras, mirando hacia atrás ―como si fuera la protagonista de una novela―, y, mientras corro, me digo: «Si no vienes, ya no te quiero».
 Toda mi vida es como una película. Podría prescindir del «como», pero semejante afirmación da miedo o me da miedo. Mi problema es que ignoro cómo son los demás… Puntos suspensivos por el último «cómo», que me ha dejado pensativa. Estos «comos» me gustan (con y sin tilde). Tú, ahora, estarás pensando que escribo en presente algo que ya ha pasado, pues iba corriendo, hablando conmigo misma, casi llorando, y de repente me pongo a divagar. Pues has acertado: ¿quién puede escribir mientras vive?: se escribe después: primero se siente y luego se expresa el sentimiento. Y si en este capítulo lo hago en tiempo presente, es porque mientras lo escribo, lo revivo.
Evoco mi descenso escaleril, reconstruyo con palabras mi solitaria salida a una calle que me es ajena, siempre mirando hacia atrás, mientras pienso: «No me vuelvo a enamorar». Es entonces cuando me siento absorbida por una oscuridad urbana que me abre los ojos, que me hace pensar. Una oscuridad amiga ―casi cómplice― que me enfría y fortalece.
Y echo a andar, echo a correr, «ese guapito se va a enterar». Y entro en la casa mordiendo diez mil palabras que pugnan por escapar, mas las quiero todas para mi chaval, que se me queda mirando como un tomate, sin saber qué responder, y yo le digo: «Suéltalo de una vez».



(13) Los tomates no hablan

Yow no dijo nada ayer. Yo sí. Yo me dije: «Claro, los tomates no hablan…». Pero sé que está sufriendo y sería mejor que soltara todo lo que tiene dentro. Veremos cómo termina nuestra aventura… Mi aventura. Una aventura que no lo es, pues no podía seguir con mi familia. Ahora me siento tonta. Por no haberme fugado antes. ¿Cómo he podido convivir años con unas personas que hoy no soportaría ni diez minutos? Se podría pensar que, después de tanto tiempo, estoy inmunizada contra los cretinos. No es así sino todo lo contrario: ¡he contraído alergia al cretinismo!
Y cuando me encuentro con uno, me empieza a picar todo por dentro. Debe de ser una alergía psicológica. Lo raro del asunto es que el picor debería ser también psicológico y no lo parece. Lo bueno del asunto es que cesa en cuanto me deshago del cretino. Lo malo del asunto: que están por todas partes, los cretinos, y, cada vez que tropiezo con uno, empiezan los picores. Mi pobre psique… Aunque lo más probable es que no tenga forma, yo la imagino etérea, cambiante, inasible. Una especie de paramecio gaseoso intracorpóreo. Y me pregunto de qué manera le afectan estos comezones…
Sin embargo ―extrañamente― he olvidado casi todos los detalles de todos esos años pasados con mi familia. No recuerdo casi nada. Los recuerdo insoportables y poco más. Mi padre, el Sigiloso; mi hermano, el Chivato; y mi madre, la Sobrada. Un trío enloquecedor como la sociedad misma. ¿Y si te digo que ya casi ni recuerdo sus caras? ¿Me creerías? Pues es la verdad: se han quedado muy atrás en el tiempo: muy lejos (Madrid-Calpe) en el espacio: fuera de mi vida.
(Si te fijas, en el anterior párrafo los vocablos preponderantes son: «mi» [5], «el» [4], «recuerdo» [3], «casi» [3], «la» [3], «y» [3], «todos» [2], «muy» [2], «en» [2] y «de» [2]; y entre estos, los más significativos son: «recuerdo», «casi», «todos» y «muy». Tú estarás pensando: «Bien, ¿y qué?». Y yo no te voy a sorprender con una respuesta reveladora: escribo, leo y analizo el mensaje, la forma y sus elementos. ¿Es necesario repetir la palabra «recuerdo» tres veces? ¿Cómo lo sientes tú? ¿Cómo voy a saber yo lo que tú sientes? ¿Debo enmendar mi supuesta espontaneidad?)
Se terminó la sobremesa. La jefa me está llamando. Y mejor, porque cuando empiezo a elucubrar…



(14) La cena preparada

Agotada. Cada noche llego a casa agotada. Agotada pero feliz. Satisfecha: me estoy ganando el pan, soy independiente, ¿qué más quiero? Vale, quiero que mi chaval me quiera, que me mime. Quiero llegar a casa y encontrarme la mesa puesta, la sonrisa del día y la cena preparada. Quiero que mi Yow esté contento aunque no tenga trabajo y que trabaje en casa aunque no tenga vocación de amo de casa.
Desde luego, de hoy no pasa. Ya puede poner las caras que quiera… Se lo voy a sacar todo. Necesito saber qué es lo que le está amargando. Y espero que sea algo contundente, pues no estoy para lloriqueos. Imagino que todo se reduce a la falta de trabajo, pero no tengo la certeza. Quizás hay algo más. Espero que haya algo más. Algo que podamos solucionar entre los dos. Un pesar genuino y superable que fortalezca nuestro vínculo.
Me detengo en el portal. Toco. A ver si hoy sale a recibirme… ¿Por qué tarda tanto? Como me lo encuentre otra vez tirado en el sofá… Espero que no. Es mi chico, mi primer chico, y quisiera que fuese también el último. El único. Como en la canción. Dicen que el amor verdadero no existe, pero seguramente lo dicen aquellos que no lo han encontrado. Claro, quienes lo encuentran, si es que algunos lo encuentran, seguramente no dirán nada. Qué van a decir sobre el amor los que se quieren de verdad. Nada. Se quieren y punto-corazón. Lo demás, los demás, no importa/n.
Yow me abre. No, no sale a recibirme. Me lo encuentro poniendo la mesa. Ceñudo. Me voy directa al dormitorio y salgo en pijama. Cuando intenta darme un beso protocolario, le pido:
«Suéltalo de una vez, vierte lo que tienes dentro, sincérate conmigo, luchemos por lo nuestro. Desarrolla tu argumento.»
Y el tío, en vez de abrazarme, en vez de hablarme en susurros, en vez de contarme sus ‛problemas’ entre ternuras, en vez de convertirme en su cómplice, me suelta (nunca mejor dicho):
«Tú me has arrastrado y aquí me has enjaulado, y no tengo trabajo, y no tengo dinero. Y no soy tu cocinero».
Boquiabierta. Boquiabierta me quedo escuchando a este bacalao. Vaya morro tiene el niño… Ahora resulta que me he colado por un chiquillo. Y cuando, no pudiendo evitarlo, me echo a reír: observo que se le pone blanca la nariz, que los ojos se le salen, y entonces me dice que me calle. Me dice que siempre está solo, que llego cansada, quejándome porque la cena aún no está preparada. Y me frunce el entrecejo.
Diez minutos sin hablar, ordenando lo que tengo dentro, los ojos cerraditos, que no quiero ni verlo. Y no consigo entenderlo: con lo díver que es guisar, ordenar la madriguera, recibirme en la escalera con un beso de primera: de esos de antes de la guerra.
Diez minutos me cuesta prepararle la maleta. Si no quiere mimarme, que se vaya y que no vuelva. Y abrazada al tiburón, me despido con la cabeza, y una lagrimita se desliza entre mis pecas.
Porque yo le quería.
Aunque no me mimara.
Y trabajaba contenta pensando…
que él me esperaba (con la cena preparada).



(15) De tres en tres

Con la cena preparada me he quedado. Sentada. Los codos sobre la mesa; las manos, sujetando la cabeza; y el tiburón, mirándome. Mi tiburón azul. Hablándome. «Tú solita te has equivocado ―me dice. Y añade―: No sé qué viste en él.» Y me lo dice en un tono… Como si estuviera celoso. Para empezar, los tiburones no hablan, y los de plástico, menos (si cabe). Y, sin embargo, yo lo he oído. Ahora me pregunto: ¿ha movido la boca para hablar?, ¿la ha abierto?: porque, de haberlo hecho, se hubiera desinflado. Algo me pasa o algo le pasa al mundo. O estoy volviéndome loca o el mundo se está anovelando. Una de dos. Todo a mi alrededor es tan raro… Hasta yo soy rara, más rara que antes, desde luego, y pienso cosas raras y encima las escribo. Aunque escribirlas me hace bien, me centra, noto algún tipo de avance. ¿Qué tipo?: eso no lo sé: se trata de una percepción fuerte pero imprecisa.
Volviendo al Asunto Tiburón, le he respondido (en voz alta): «¿Que qué vi en él?: no soy tan analítica como tú: tal vez apostura, desenvoltura… No lo recuerdo. Me gusto y punto-corazón. Pero, mira, me ha salido un chiquillo despistado».
Me quedo mirándolo. «Mirándolo», pues, aunque desde que escribo soy leísta, la RAE solo aprueba el leísmo humano (masculino [singular]) y Tibu, por desgracia, ni siquiera es un animal: es un trozo de plástico lleno de aire. ¿Que no lo entiendes?… Lo explicaré mejor: si escribiera «mirándole», la RAE lo consideraría incorrecto porque únicamente acepta el leísmo de «le» por «lo» referido a personas masculinas y solo en singular. O sea, que el leísmo incorrecto se produce cuando «le» es utilizado como complemento directo que representa a animales o cosas.»¿Verdad que ahora sí lo entiendes?
Seguro que estarás pensando que a ti todo esto no te interesa. Que te da igual que yo sea leísta y lo que diga la RAE. Y lo entiendo. Te entiendo. Pero, entiéndeme tú a mí: ¿qué puedo hacer si soy así y me gusta escribirlo? Además, estoy sola. Me siento sola. Creo que nací con la soledad adherida a la espalda. Y mientras te escribo, sí, mientras te escribo porque escribo para ti, ¿para quién si no?, ¿para mí?, ¿para leerme después?, ¿para recordarme?, ¿para autocomplacerme?, vale, podría ser, pero ahora mismo estoy pensando en ti, en un/a lector/a sin cara que intenta descifrar el supuesto mensaje.
 Seguiré explicándotelo. Por si acaso. Tengo dos opciones: te escribo o me pierdo en mi soledad. Creo que «mi soledad» no es como la tuya, creo que cada cual tiene su propia soledad, y aquí está la mía, mirándome, hablándome. No me gusta mi soledad. No me gustan las soledades. Por eso me he traído a Tibu, para abrazarlo cuando cualquier soledad esté a punto de atraparme.
Ay… Con la cena preparada me he quedado. Melancólica. Seré sincera: a punto de llorar estoy. Siento que necesito aire y me asomo a la ventana. El sol ya hace rato que se ocultó y a la luz de una farola descubro a Kodd, un viejo admirador, que se queda mirándome. Sí, tengo a un viejo admirador hablándome con los ojos. Mi único admirador. El único chico que vacación tras vacación me miraba con esos mismos ojos. Nunca le di una oportunidad y hoy me arrepiento.
Y, arrepentida de corazón, bajo corriendo las escaleras, pues ¡necesito hablar! «Por favor, que no se vaya…» De dos en dos (escalones) bajo; y el primer tramo (para mí, el último), de tres en tres. Llego, me planto frente a él y le digo que se calle, que se limite a escuchar, que no pregunte nada, que se limite a respirar. Asiente con la barbilla. Vuelve a quedarse mirándome. Hablándome: con sus ojos verde mar…



(16) Pa que te enamores

Yo no era enamoradiza. Y los chicos nunca me hicieron caso. Ahora, desde que me escapé, desde que todo es tan raro: me enamoro como una tonta y ellos parece que también. Cierto que este Kodd lleva babeando por mí desde que éramos pequeños, pero ha cambiado, es y no es él, solo hay que fijarse en esos ojos verde mar… ¡que antes eran marrones!
Vale, de acuerdo, no sé de qué color eran sus ojos, nunca me fijé, le esquivaba. Levanto la cabeza. Ahí está, al otro lado de la mesa, hablándome, respirándome, embrujándome, interrogándome. Sí, ayer charlamos (charlé), nos despedimos (él con la mano), y hoy me lo he vuelto a encontrar. De camino a casa. Así que nos hemos sentado en una terraza y estamos tomando un zumo de piña.
Ahí está, al otro lado de la mesa, enamorándome, emocionándome, iluminándome, sonriéndome. No, antes no tenía esos ojos. Ahora me ha venido a la cabeza aquella canción…: «No sé-no sé-no sé-no sé qué tienen tus ojitos que me vuelven loco, muy poquito a poco». Pues a mí de golpe. Como ayer le conté todas mis penas, decido darle un poco de conversación (es que el chico es muy obediente y sigue calladito). Un momento: sigue calladito pero esbozando con su boquita una media sonrisa irónica. ¿Se estará burlando? No creo. Es feliz a mi lado y de ahí la media sonrisa que podría ser irónica pero que probablemente es bobalicona. ¿Que tal vez es irónica? Quién sabe: igual sí, pero también podría ser su única sonrisa. Cada persona es como es, yo tengo muchas sonrisas y él tendrá… otras cosas. Además, un tipo tan sumiso, tan complaciente, que sigue sin hablar: merece una pizca de confianza. Así que intento romper su silencio con un frase contestable:
«Me alegra verte. Qué casualidad. Porque hoy llevo otro día de esos de olvidar».
Y el tío me suelta:
«No te he encontrado por casualidad: me dio tus señas el dueño del bar».
«¿Qué?», pienso, y le digo:
«Pues no me gusta que preguntes por ahí ―y me quedo boquiabierta, pues vuelvo a sentirme como dentro de una novela o más bien de una película, y debe ser un musical porque una voz que me suena ajena empieza a cantar a capela―: No preguntes por ahí dónde vivo, dónde estoy, aléjate de mí, por favor».
Enmudezco. ¿Qué narices está pasando? ¿Qué canción es esa (si es que es una canción) y qué va a pasar ahora? Kodd, en vez de preguntar si me pasa algo, replica (¡acompañado por una música que no sé de dónde sale!):
«No puedes dejarme así, sin escuchar mi razón, yo te seguiré, te buscaré».
¿Cómo se llamaban esos dos que cantaban a dúo? ¿Pimpinela y Escarlata o La Pimpinela Escarlata? Bueno, da igual, lo cierto es que me he acordado de ellos y… seguro que todo esto que me está pasando tiene mucho que ver con el estómago vacío de una Deg agotada. No obstante, mi voz vuelve a traicionarme:
«No sabes nada de mí, qué me pone, qué me va, qué me hace sonreír al despertar».
Estamos cantando con música. Como en los musicales. Me digo que es imposible y me repito que sí, que lo es, pero que está pasando y no puedo detenerlo. Y ahora, encima, me he puesto romántica, incitadora. Y, claro, tengo que oírme lo que ya sé:
«Ayer cuando te encontré no parabas de llorar y yo te abracé, te hice olvidar».
Pero lo más grave, lo que me saca de contexto, lo que no podía esperar es que nos pusiéramos a cantar a dos voces:
«Darlo todo, entregarse sin miedo a tener miedo del miedo que rompe nuestros sueños, nuestra vida, nuestro andar».
Después del supuesto estribillo me siento eufórica, renacida, ¡deslumbrante!, como si fuera la gran estrella, la cantante total que incluso puede cantar una canción que no conoce con música salida de la nada. Así me siento, y pienso que la vida es maravillosa porque me gusta el chico, me gusta la canción, me gusta mi voz y no me importa en absoluto lo absurdo de la situación.
«Vente a casa, hace calor ―le canto, ya lanzada―, y tengo un exprimidor, y limones y cubitos y un ventilador.»
Me arrugo durante un segundo: ¡me ha salido la misma proposición que le hice a Yow! Entiendo que esto ya no hay quien lo pare cuando Kodd replica:
«¿Quieres que compremos pan, tomatitos y jamón, un bote de aceitunas y un melón?»
«No podemos olvidar las cervezas sin alcohol, pues mi último novio se las acabó.»
«Yo te cuidaré mejor, te daré mi corazón y un puñao de flores pa que te enamores.»



(17) Quita la zarpa

Kodd lo ha conseguido. Me ha comprado un *puñao de flores y me he *enamorao. Y pensar que los políticos hablan así… Estás viendo la tele, sale un presidente (que no merece mayúscula inicial), suelta por ejemplo un «mire-usted, ese asunto está *solucionao» y se queda tan a gusto. Y el pueblo (también con minúscula inicial) sacándole brillo al sofá. Culos gordos, cerebros pequeños y ni pizca de testiculina. Hablo sobre todo de los jóvenes, pues los maduros ya tienen la vida medio hecha y los viejos, viejos son.
Kodd lo ha conseguido. Su truco ha funcionado, que por él ya me he colado y me tiene hechizá. Un Kodd que también está algo hechizado. E irreconocible. De golpe es otro. Bueno, eso ya lo dije, pero es que ha vuelto a cambiar o ha seguido cambiando, cuando le vi a la luz de la farola ya no era el Kodd de otros años y ahora ya no es el Kodd de ayer. Seguro que estará diciéndose (o cantándose): «Esta niña me ha cambiado y me siento renovado: era un chico simplón, escondido en mi sillón, algo cobarde y tristón».
Así lo imaginaba yo. La verdad es que hubiéramos hecho buena pareja: la chica invisible (en la que nadie se fijaba) y el simplón tristón (el nadie-alguien del paréntesis anterior). O sea, que con esta aventura los dos salimos ganando. Un momento, ¿por qué, de repente, necesito cantar? Aún no me he respondido y ya me oigo:
«Es un sueño anhelado, tanto tiempo esperado, superé la depresión soñando con mi tiburón y en nuestro mundo…»
Tibu me mira como diciendo que sí, que él me ha sacado del hoyo propiciando mi encuentro con Kodd, que si me asomé a la ventana fue porque él me lo sugirió.
«Sobre nosotros gira el Sol y la Luna alrededor.»
Algo más raro de lo normal está pasando. Me siento demasiado bien. Como inmersa en un dulce sueño. Y me veo escapando de mis fantasmas de la mano de un Kodd irresistible mientras un absurdo ¿poema? me viola sensorialmente.
Abandonarlo todo
coger la ruta que no es (ruta)
huir de la rutina
rodar sobre el asfalto
llegar a la ciudad que no nos ve;
cambiando de vida
mudando la piel
caminar sin rumbo
llamando a la oportunidad;
nuevas formas de ser
ser diferentes
distintas cosas que hacer
no hacer lo de siempre;
soñando estamos bien
no nos molesten.
Despierto desolada. Vacía. Sí: ¡despierto!: ¡estaba soñando! Sobre la mesa, una cena preparada que se ha quedado fría. Yo también me he quedado fría. Helada. Me decubro sentada, los codos sobre la mesa, las manos sujetando la cabeza. El tiburón sigue mirándome. Mi tiburón azul. Pero ya no me habla. Si no fuera de plástico, pensaría que está compungido. Me descubro pensando que si los tiburones hinchables pudieran llorar, estaría llorando. Por mí, que he vuelto a fracasar. Ahora, oníricamente. Ni siquiera mis sueños terminan bien. De las pesadillas mejor no hablar. Me descubro sollozando: un sueño tan perfecto y no me deja nada.
Al rato, ya un poco recuperada, me asomo a la ventana. A la luz de la farola no hay admirador ni nada, no hay nada. Nada. Y recito:
«Volviendo a mi vida, con mi dulce soledad».
Un bicho azul me mira y observa:
«Tienes que despabilar».
«Oye, tú, tiburón, si te ríes, te desinflo. ―Y, cuando baja la mirada, en un susurro―: Desde que te compré todo es tan raro… ―Me estiro en la silla―. To´l cuerpo dolorido, los platos por fregar, no sé que más cosas me pueden pasar.»
Menos mal que era un sueño. Ya os decía yo que todo era muy raro y mira tú por dónde tenía razón. Aunque lo cierto es que sigo sintiéndome rara dentro de un mundo aún raro. Qué raro… Busco la palabreja en el diccionario: «Extraordinario, poco común o frecuente» en su segunda acepción (y las otras no vienen al caso). Pues no, no es eso lo que siento. Qué inexacto es el lenguaje… ¿Acaso nos faltan palabras? ¿O es que no encuentro la que necesito? Un momento… ¡Un momento! La sexta acepción, aun no viniendo al caso (que si viene por aquello de que el «principalmente» da mucho juego), sí vale: «Dicho principalmente de un gas enrarecido: Que tiene poca densidad y consistencia». Eureka: ¡así me siento y así siento al mundo que me cobija!: con poca densidad y consistencia. (Por cierto, creo que la RAE se ha equivocado al escribir «Que» con mayúscula inicial, pues después de los dos puntos solo se escribe mayúscula inicial cuando se trata de una cita. ¿Que hasta la RAE puede permitirse algunas licencias, dices? No sé yo…)
¿Menos mal que era un sueño, he dicho? Solo una tonta de mi calibre puede decir algo así después de admitir que se ha sentido ¡vacía!: «Un sueño tan perfecto y no me deja nada». Lo pienso y escribo porque ha vuelto, el vacío, y en la siguiente escena me veo sola bajando las escaleras. Salgo y me cuelo en un pub. Tomo asiento en el lugar más oscuro. Alguien canta una de Camilo VI y me pongo a llorar. El camarero me sirve una cervecita que un lechugino quiere pagar, y el descarado me pasa el brazo por detrás. ¡Lo que me faltaba! Y ahora qué hace: oh, se me queda mirando como un pepino y eso me hace recordar y le digo: quita la zarpa o verás.



(18) Slim

«Quita la zarpa o verás lo que esta pobre chica te va a dar ―es lo primero que le digo, y, como no contesta, me envalentono―: Las apariencias suelen engañar y te acabas de equivocar. La vida me ha hecho dura. Ya no me asusta nada. Y menos un chulito como tú.»
Sonrío por dentro mientras mi chulito lo hace hacia fuera aunque con moderación. «Mi chulito» porque he visto algo en sus ojos que… Sí, vale, es un matasiete y ni siquiera trata de ocultarlo, pero intuyo que su verdadera personalidad se halla atrapada debajo del falso tipo duro. Lo complicado será llegar hasta ella y liberarla. De repente me siento princesa azul y mi corazón se estremece al pensar que mi principe rosa está en apuros.
«¿En tu casa o en la mía, dónde me lo quieres llorar? ―replica él, y, como no le contesto, se envalentona―: Eso tan fuerte que te ha pasado y que no te deja respirar.»
Aún no me conoce y ya anda conjeturando. ¿Eso tan fuerte que me ha pasado? ¿Tanto se me nota? Decido guardar silencio, escuchar al karaokista de turno. Mi chulito, muy respetuoso ahora, hace lo propio. Imagínate, imagínanos a los dos muy juntitos ―hombro contra hombro― escuchando una de Camilo. Y luego, cuando el karaokista termina, se sube al escenario, me señala con el índice y se pone a cantar ¡otra de Camilo!
Mi chulito… me está cantando ‛El amor de mi vida’ y se nota que siente lo que canta. Ya lo vi en sus ojos: duro por fuera y tierno por dentro. Como dije en el sueño, yo no era enamoradiza y los chicos nunca me hicieron caso, pero, desde que me escapé, desde que todo es tan raro: me enamoro como una tonta y ellos parece que también. No sé qué diría Yow. No hace ni dos horas que hemos roto y ya he tenido una aventura onírica y esta que nos ocupa.
«Te veo más tranquila ―observa mi chulito, que ya ha terminado su canción―. ¿Te acompaño a casa? Así nos conocemos un poquito más…»
«Me gusta ese detalle ―señalo―, no me lo esperaba. ¿Quedamos mañana? Es que hoy estoy cansada, y un poco mareada: igual te digo una tontería.»
«Me gusta tu propuesta ―acepta él―, no me la esperaba. Nos vemos mañana. Te espero en el paseo. Y si quieres, también vengo en pijama.»
Me miro. ¿Cómo he podido bajar (!) a la calle en pijama? Qué vergüenza… Estoy peor de lo que pensaba. Y aun así se fijan en mí. O quizás por eso. Suerte que el pijama es nuevo. Yow, Kodd y…
«Oye, ¿cómo te llamas?»
«Slim.»