Mudando la piel es una novela musical. Diecisiete temas que cuentan una sola historia. La novela por entregas que contiene este blog cuenta la misma historia pero profundizando un poco más. Cada semana añadiremos el capítulo correspondiente. Cuando finalice la primera parte, comenzaremos con la segunda en otra entrada, para que sea más fácil seguir la historia. En cuanto al álbum, estará listo el año que viene.
Si te apetece escuchar el primer tema, pincha en un retrato.

sábado, 19 de septiembre de 2015

SEGUNDA PARTE

(9) Con él o sin él

 Calpe septembrino. Aunque todavía hay gente, ya no es como agosto. Pregunto y pregunto. Me canso de preguntar. He repartido treinta copias del currículum que me ha hecho Yow. Y nada. Los dos parados. «He de hacer algo», resuelvo, y me levanto a las siete de mañana. Voy a trabajar, lo tengo claro, y me da igual que me exploten. Vale, no me da igual. No me da igual pero haré lo que sea con tal de ser independiente.
Sí, lo que sea. Si no encuentro nada, si no encontramos nada, me alquilaré. Alquilaré mi cuerpo. Pondré un anuncio en un periódico local gratuito:
¿Te gustaría conocer a una chica virgen de dieciocho años? Pues esa soy yo. ¡Llámame!
Claro que este anuncio solo valdría para la primera vez. Después tendría que poner:
¿Te gustaría conocer a una chica recién desvirgada de dieciocho años? Pues esa soy yo. La chica que solo ha sido usada una vez. ¡Llámame!
Y así hasta encontrar trabajo. ¿Que me he pasado? ¿Que no voy a hacer eso? ¿Que estoy diciendo tonterías? ¿Que no es necesario llegar a ese extremo? ¿Que estoy bromeando? Sí, claro, por supuesto, estoy bromeando, pero no está de más ponerse en lo peor. Por si las cosas se tuercen y acabamos ahí, en lo peor, o, como dicen en las malas series, en el arroyo.
En el arroyo porque nos hemos gastado nuestros ahorros en el alquiler del apartamento y en unos días no tendremos ni para comer. Puntualizo (sin mala intención): mis ahorros; Yow solo ha aportado ochenta euros. El pobre… Dice que sus padres están enfadadísimos. «¿Acaso te has vuelto loco, hijo?», gritaba su madre. Y, cuando él trataba de explicarle la situación, ella alzaba la voz aún más.
«¡Mami!: estoy ante una situación desesperada: Deg me necesita.» Pero la mami ni caso.
«¿De verdad la llamas “mami”?», le pregunté.
«Sí…»
«¿Y a tu padre le llamas “papi”?»
«No ―y con marcado sarcasmo―: le llamo “papuchi”»
Qué risa. Las caras que pone. En fin… Siguiendo con lo del apartamento, vaya suerte hemos tenido, pues conseguir un piso sin trabajo es casi imposible. Casi. Nosotros somos la prueba. Una excepción espúrica si tenemos en cuenta que el inmueble es de un tío segundo de Yow. Pero, aun así, nos lo ha dejado muy clarito: «Si no pagáis, vais a la calle, que necesito el dinero; dos meses de retraso es lo máximo que voy a tolerar. ―Y cogiendo a su sobrino por el brazo―: Eh, tú, Yow, ¿lo has entendido?».
Un tío bastante bruto. Creo que, si no pagamos, nos echara él mismo. A guantazos. A gorrazos, dijo, pero no lleva gorra… Y como su sobrino tiene casa… Yo le importo poco. Me lo ha dicho con los ojos. Índig me puso en antecedentes: «Fíjate y observarás que hay muchos ojos habladores por aquí: son los casi inadvertidos ojos habladores de la Costa Blanca».
Un poco barroca en el hablar, mi ¿amiga? Índig. Ahora que lo pienso, ella conoce a tanta gente… Seguro que puede encontrarme trabajo. Como estoy dispuesta a trabajar por casi nada…
«Creo que Yow está desilusionado. Mis padres ya se han ido. Estoy sola. ¿Tengo miedo? Sí. ¿Tengo mucho miedo? Sí, mucho. (…) Lo haremos cuando nuestra situación sea estable. ¿Qué pensará él? ¿Quiere hacerlo ya? ¿Me importa lo que piense? Sí. ¿Me importa mucho lo que piense? No. El miedo me da fuerzas y saldré adelante con él o sin él.» 



(10) El asunto raro

Tengo trabajo. En una cafetería. De nueve a nueve. Seiscientos euros más las propinas (cuando esté de camarera). Cuando esté de camarera porque voy a hacer un poco de todo: limpiaré el local y ayudaré en la cocina y en la barra y donde haga falta. La chica para todo, esa soy yo. Una cosa me preocupa: me voy a pasar doce horas en esa cafetería y… ¿qué hará Yow?
No, él no ha encontrado trabajo. No, él no está dispuesto a trabajar tanto por tan poco. No, él no es como yo. ¿Que si me sigue gustando? Por supuesto, ¡es mi chico!, y no le daré la espalda. Pero… sí le exigiré coraje. Mi pobre Yow. En qué lío le he metido. Hemos pasado unos días juntos y ahora se va a quedar solo. Mi adorable amo de casa. Veremos cómo se porta…
Por cierto, Índig ha desaparecido. Pregunté en el Rastro y no es que no sepan dónde está, ¡es que ni siquiera se acuerdan de ella! No es normal. Algo raro está pasando. Ayer hablé con P.L., el escritor preferido de Índig, «¿qué sabes de ella, la has visto últimamente?», y, después una dilatada pausa que llenó con una cara de bobo inédita, me aseguró que no conocía a ninguna Índig.
«Claro que la conoces: cuando vine a que me dedicaras tu Brisa, hablamos de ella.»
«Si tú lo dices…»
Me quedé mirándole unos segundos y luego me marché sin despedirme. Ese P.L. no es el P.L. que yo conocí. Es un P.L. sin chispa, un tipo mediocre, casi una caricatura de aquel P.L. que escribiera: «Para mi amiga Deg, que acaba de robarme veintiún gramos de aliento». La verdad es que no recuerdo bien esos días. Recuerdo el Rastro, recuerdo a Índig, recuerdo a un P.L. entrañable, pero ―extrañamente― he olvidado todo lo demás.
Algo raro pasó. Algo raro está pasando. ¿Qué? No lo sé y tampoco le voy a dar más vueltas a un asunto que escapa a mi entendimiento. «¡No, no le voy a dar más vueltas!» Me lo he gritado porque mi mente volvía al «asunto raro». Un asunto que podría convertirse en una obsesión. Esta vida nuestra de cada día que algunos califican de vulgar, yo la siento especial, original, extraordinaria, y estoy convencida de que, si empiezo a tirar de la madeja, voy a terminar enredada en un mundo inimaginable.
Lo presiento. Casi puedo sentirlo. No sé cómo es ese mundo pero sí sé que no me conviene adentrarme en él.
Soy Deg.
La novia de Yow.
Una chica independiente.
La dieciochoañera del tiburón azul.
Este es mi mundo y los otros no me interesan.
¡Y no le voy a dar ni una vuelta más al «asunto raro»!



(11) No me rendiré

Estamos a finales de septiembre. Llueve. Ya era hora. Aunque, en este caso, sería más apropiado decir que ya era mes. Qué raro es el lenguaje. Lo vamos confeccionando año tras año y después de muchos deviene abstracto. Y utilizamos el «ya era hora» cuando queremos decir «ya era año». Por ejemplo: ¡me he independizado!, ¡soy libre!: ya era año… Porque si digo «ya era hora» es como si estuviera hablando de una cuestión encerrada en un día (de veinticuatro horas); todo lo que pase de eso debería ser «ya era día»; y todo lo que contenga más de treintaiún días, «ya era mes». Digo yo…
Tú te estarás preguntando: ¿y a qué viene esto? Y yo te respondo: ¿acaso no estoy escribiendo? Vale, pues también pienso. Escribo y pienso, y pienso en lo que escribo, y escribo lo que pienso. Ahora estoy en la cafetería. Acabo de comer. Emperador con arroz + guarnición de verduras. Buenísimo. A ver si voy a engordar… ¿Qué diría Yow? Mi pobre Yow…
Lo has adivinado: las cosas andan mal entre nosotros. Yow no encuentra trabajo y tampoco quiere ser amo de casa. ¡Ya querría yo ser el ama de casa! Y recibirle cada noche con la sonrisa del día. Ahora sí: del día y no de la noche porque sí existen los días de la semana pero no las noches de la semana. Vale, sí existen pero no tienen un nombre que las diferencie de su día. ¿Será porque son femeninas? Lo femenino siempre lleva las de perder. El día, jueves; la noche, noche del jueves. Cuando reflexionas, es indignante. Como si la noche fuera menos importante que el día… Y ahora que caigo, ¿qué pensarán las tardes? Porque estas sí que están menospreciadas. La merienda, el té, ir al cine o de compras y para de contar. Tal vez una reunión femenina; como la misma tarde. Si echas la vista atrás, las tardes son descafeinadas y apestan a nostalgia barata. Pero si empezamos a profundizar, las mañanas aún salen peor paradas, llevar a los niños al colegio, corriendo a trabajar, encargos, bancos y mil líos más; las mañanas son femeninas y complicadas como la mujer que madruga sin ganas. Pensándolo bien, mediodías y medianoches se llevan la parte del león, comidas en familia, siestas y veladas románticas o íntimas. 
«Mi cabeza… Desde que escribo la siento llena y revuelta.»
Pensemos en esas sonrisas. Sonríamos por dentro para enfrentarnos a las adversidades. A ese Yow que no quiere cocinar ni limpiar ni orinar sentado (si tuviera que limpiar él, no mearía [disculpad la expresión] de pie). Sí, lo has adivinado otra vez: libro un día a la semana y es entonces cuando limpio: ¡y es entonces cuando descubro las repugnantes gotas de orín por todo el inodoro! Joder (con perdón), si lo limpiara él, no volvería a hacerlo de pie.
Como decía, pensemos en las sonrisas para olvidar los pucheros. La sonrisa del lunes sería esperanzadora; la del martes, consoladora; la del miércoles, sabrosa; la del jueves, burlesca; la del viernes, juguetona; la del sábado, indescifrable; y la del domingo, completa. Mis siete primeras sonrisas. Después inventaría algunas más. Muchas más. Una para cada día del año, con su variante nocturna.
Pero no soy ama de casa.
Y tampoco tengo amo de casa.
Que invente sonrisas variadas para mí.
Solo soy una chica que anda tras un imposible.
Sí, amigo, sí, amiga, lo sé, y no obstante: no me rendiré.



(12) Suéltalo

Sábado. Hemos tenido muchísimo trabajo. Casi ni he podido comer. Dos bocados y al tajo. La camarera masticadora. Porque he empezado a servir mesas con la boca aún llena y entre mesa y mesa me he zampado un cruasán relleno de chocolate. Suelo comer a las cuatro y media, después de recoger y limpiar las mesas, pero, por lo visto, la merienda sabática europea empieza a las cinco menos cuarto. ¿El té no se toma a las cinco? Aunque tés he servido pocos. Cafés, cafés con leche, leche al cacao y chocolate. Con su correspondiente bollería.
Llego a casa a las diez de la noche. Hambrienta. Cansada. Yow está tumbado en el sofá. Casi dormido. En vez de levantarse, gruñe algo ininteligible. Me inclino para besarle. Apesta a cerveza. La bebemos sin alcohol, pero algo me dice que también se ha bebido alguna de las otras. Le pregunto por la cena y vuelve a gruñir. Como no quiero presionarle, pues sé que lo está pasando mal, voy a la cocina a prepararme un bocadillo. ¡Y no hay pan!
Regreso a la sala, me encaro con él y articulo con exagerada claridad:
«Yow, escúchame: no hay pan y tampoco queda avena: ¿qué ceno?».
«Oh… ―Pone cara de palo―. Lo olvidé. Lo siento.»
«Lo siento…»
«Sí, lo siento, ¿quieres que baje a comprarte algo?»
«El día que nos conocimos, te pregunté: “¿Me mimarás?”. ¿Lo recuerdas?»
Ahora tuerce los labios y pone cara de pito. Ya lo dije y lo repito («pito-repito»): estamos ante un especialista en poner caras raras. Pero hoy no me hace ninguna gracia. Fíjate qué diferente hubiera sido: llego, se levanta de un salto, me besa, me estruja, me acomoda, sirve la mesa, cenamos ―charlando― y nos sentamos muy juntitos a ver una peli empezada.
Pero no.
¡No!
«Pues yo sí me acuerdo. Me contestaste: “Sí, sí, como a un bebé”. Eso me contestaste. ¿Lo recuerdas ahora? ―Y mientras asiente, ojos saltones, cara de bobo―: Pues yo me lo creí, y me enamoré. Y ahora, un mes después, resulta que soy un latazo…»
«Yo no he dicho eso.»
«Tu actitud lo dice», y, sin esperar respuesta, abro la puerta, doy el obligado portazo y echo a correr.
No sé qué me pasa. No sé si a «todo el mundo» le pasa. O si al menos le pasa a alguien más. Lo digo porque, en mi imaginación, me veo sola bajando las escaleras, mirando hacia atrás ―como si fuera la protagonista de una novela―, y, mientras corro, me digo: «Si no vienes, ya no te quiero».
 Toda mi vida es como una película. Podría prescindir del «como», pero semejante afirmación da miedo o me da miedo. Mi problema es que ignoro cómo son los demás… Puntos suspensivos por el último «cómo», que me ha dejado pensativa. Estos «comos» me gustan (con y sin tilde). Tú, ahora, estarás pensando que escribo en presente algo que ya ha pasado, pues iba corriendo, hablando conmigo misma, casi llorando, y de repente me pongo a divagar. Pues has acertado: ¿quién puede escribir mientras vive?: se escribe después: primero se siente y luego se expresa el sentimiento. Y si en este capítulo lo hago en tiempo presente, es porque mientras lo escribo, lo revivo.
Evoco mi descenso escaleril, reconstruyo con palabras mi solitaria salida a una calle que me es ajena, siempre mirando hacia atrás, mientras pienso: «No me vuelvo a enamorar». Es entonces cuando me siento absorbida por una oscuridad urbana que me abre los ojos, que me hace pensar. Una oscuridad amiga ―casi cómplice― que me enfría y fortalece.
Y echo a andar, echo a correr, «ese guapito se va a enterar». Y entro en la casa mordiendo diez mil palabras que pugnan por escapar, mas las quiero todas para mi chaval, que se me queda mirando como un tomate, sin saber qué responder, y yo le digo: «Suéltalo de una vez».



(13) Los tomates no hablan

Yow no dijo nada ayer. Yo sí. Yo me dije: «Claro, los tomates no hablan…». Pero sé que está sufriendo y sería mejor que soltara todo lo que tiene dentro. Veremos cómo termina nuestra aventura… Mi aventura. Una aventura que no lo es, pues no podía seguir con mi familia. Ahora me siento tonta. Por no haberme fugado antes. ¿Cómo he podido convivir años con unas personas que hoy no soportaría ni diez minutos? Se podría pensar que, después de tanto tiempo, estoy inmunizada contra los cretinos. No es así sino todo lo contrario: ¡he contraído alergia al cretinismo!
Y cuando me encuentro con uno, me empieza a picar todo por dentro. Debe de ser una alergía psicológica. Lo raro del asunto es que el picor debería ser también psicológico y no lo parece. Lo bueno del asunto es que cesa en cuanto me deshago del cretino. Lo malo del asunto: que están por todas partes, los cretinos, y, cada vez que tropiezo con uno, empiezan los picores. Mi pobre psique… Aunque lo más probable es que no tenga forma, yo la imagino etérea, cambiante, inasible. Una especie de paramecio gaseoso intracorpóreo. Y me pregunto de qué manera le afectan estos comezones…
Sin embargo ―extrañamente― he olvidado casi todos los detalles de todos esos años pasados con mi familia. No recuerdo casi nada. Los recuerdo insoportables y poco más. Mi padre, el Sigiloso; mi hermano, el Chivato; y mi madre, la Sobrada. Un trío enloquecedor como la sociedad misma. ¿Y si te digo que ya casi ni recuerdo sus caras? ¿Me creerías? Pues es la verdad: se han quedado muy atrás en el tiempo: muy lejos (Madrid-Calpe) en el espacio: fuera de mi vida.
(Si te fijas, en el anterior párrafo los vocablos preponderantes son: «mi» [5], «el» [4], «recuerdo» [3], «casi» [3], «la» [3], «y» [3], «todos» [2], «muy» [2], «en» [2] y «de» [2]; y entre estos, los más significativos son: «recuerdo», «casi», «todos» y «muy». Tú estarás pensando: «Bien, ¿y qué?». Y yo no te voy a sorprender con una respuesta reveladora: escribo, leo y analizo el mensaje, la forma y sus elementos. ¿Es necesario repetir la palabra «recuerdo» tres veces? ¿Cómo lo sientes tú? ¿Cómo voy a saber yo lo que tú sientes? ¿Debo enmendar mi supuesta espontaneidad?)
Se terminó la sobremesa. La jefa me está llamando. Y mejor, porque cuando empiezo a elucubrar…



(14) La cena preparada

Agotada. Cada noche llego a casa agotada. Agotada pero feliz. Satisfecha: me estoy ganando el pan, soy independiente, ¿qué más quiero? Vale, quiero que mi chaval me quiera, que me mime. Quiero llegar a casa y encontrarme la mesa puesta, la sonrisa del día y la cena preparada. Quiero que mi Yow esté contento aunque no tenga trabajo y que trabaje en casa aunque no tenga vocación de amo de casa.
Desde luego, de hoy no pasa. Ya puede poner las caras que quiera… Se lo voy a sacar todo. Necesito saber qué es lo que le está amargando. Y espero que sea algo contundente, pues no estoy para lloriqueos. Imagino que todo se reduce a la falta de trabajo, pero no tengo la certeza. Quizás hay algo más. Espero que haya algo más. Algo que podamos solucionar entre los dos. Un pesar genuino y superable que fortalezca nuestro vínculo.
Me detengo en el portal. Toco. A ver si hoy sale a recibirme… ¿Por qué tarda tanto? Como me lo encuentre otra vez tirado en el sofá… Espero que no. Es mi chico, mi primer chico, y quisiera que fuese también el último. El único. Como en la canción. Dicen que el amor verdadero no existe, pero seguramente lo dicen aquellos que no lo han encontrado. Claro, quienes lo encuentran, si es que algunos lo encuentran, seguramente no dirán nada. Qué van a decir sobre el amor los que se quieren de verdad. Nada. Se quieren y punto-corazón. Lo demás, los demás, no importa/n.
Yow me abre. No, no sale a recibirme. Me lo encuentro poniendo la mesa. Ceñudo. Me voy directa al dormitorio y salgo en pijama. Cuando intenta darme un beso protocolario, le pido:
«Suéltalo de una vez, vierte lo que tienes dentro, sincérate conmigo, luchemos por lo nuestro. Desarrolla tu argumento.»
Y el tío, en vez de abrazarme, en vez de hablarme en susurros, en vez de contarme sus ‛problemas’ entre ternuras, en vez de convertirme en su cómplice, me suelta (nunca mejor dicho):
«Tú me has arrastrado y aquí me has enjaulado, y no tengo trabajo, y no tengo dinero. Y no soy tu cocinero».
Boquiabierta. Boquiabierta me quedo escuchando a este bacalao. Vaya morro tiene el niño… Ahora resulta que me he colado por un chiquillo. Y cuando, no pudiendo evitarlo, me echo a reír: observo que se le pone blanca la nariz, que los ojos se le salen, y entonces me dice que me calle. Me dice que siempre está solo, que llego cansada, quejándome porque la cena aún no está preparada. Y me frunce el entrecejo.
Diez minutos sin hablar, ordenando lo que tengo dentro, los ojos cerraditos, que no quiero ni verlo. Y no consigo entenderlo: con lo díver que es guisar, ordenar la madriguera, recibirme en la escalera con un beso de primera: de esos de antes de la guerra.
Diez minutos me cuesta prepararle la maleta. Si no quiere mimarme, que se vaya y que no vuelva. Y abrazada al tiburón, me despido con la cabeza, y una lagrimita se desliza entre mis pecas.
Porque yo le quería.
Aunque no me mimara.
Y trabajaba contenta pensando…
que él me esperaba (con la cena preparada).



(15) De tres en tres

Con la cena preparada me he quedado. Sentada. Los codos sobre la mesa; las manos, sujetando la cabeza; y el tiburón, mirándome. Mi tiburón azul. Hablándome. «Tú solita te has equivocado ―me dice. Y añade―: No sé qué viste en él.» Y me lo dice en un tono… Como si estuviera celoso. Para empezar, los tiburones no hablan, y los de plástico, menos (si cabe). Y, sin embargo, yo lo he oído. Ahora me pregunto: ¿ha movido la boca para hablar?, ¿la ha abierto?: porque, de haberlo hecho, se hubiera desinflado. Algo me pasa o algo le pasa al mundo. O estoy volviéndome loca o el mundo se está anovelando. Una de dos. Todo a mi alrededor es tan raro… Hasta yo soy rara, más rara que antes, desde luego, y pienso cosas raras y encima las escribo. Aunque escribirlas me hace bien, me centra, noto algún tipo de avance. ¿Qué tipo?: eso no lo sé: se trata de una percepción fuerte pero imprecisa.
Volviendo al Asunto Tiburón, le he respondido (en voz alta): «¿Que qué vi en él?: no soy tan analítica como tú: tal vez apostura, desenvoltura… No lo recuerdo. Me gusto y punto-corazón. Pero, mira, me ha salido un chiquillo despistado».
Me quedo mirándolo. «Mirándolo», pues, aunque desde que escribo soy leísta, la RAE solo aprueba el leísmo humano (masculino [singular]) y Tibu, por desgracia, ni siquiera es un animal: es un trozo de plástico lleno de aire. ¿Que no lo entiendes?… Lo explicaré mejor: si escribiera «mirándole», la RAE lo consideraría incorrecto porque únicamente acepta el leísmo de «le» por «lo» referido a personas masculinas y solo en singular. O sea, que el leísmo incorrecto se produce cuando «le» es utilizado como complemento directo que representa a animales o cosas.»¿Verdad que ahora sí lo entiendes?
Seguro que estarás pensando que a ti todo esto no te interesa. Que te da igual que yo sea leísta y lo que diga la RAE. Y lo entiendo. Te entiendo. Pero, entiéndeme tú a mí: ¿qué puedo hacer si soy así y me gusta escribirlo? Además, estoy sola. Me siento sola. Creo que nací con la soledad adherida a la espalda. Y mientras te escribo, sí, mientras te escribo porque escribo para ti, ¿para quién si no?, ¿para mí?, ¿para leerme después?, ¿para recordarme?, ¿para autocomplacerme?, vale, podría ser, pero ahora mismo estoy pensando en ti, en un/a lector/a sin cara que intenta descifrar el supuesto mensaje.
 Seguiré explicándotelo. Por si acaso. Tengo dos opciones: te escribo o me pierdo en mi soledad. Creo que «mi soledad» no es como la tuya, creo que cada cual tiene su propia soledad, y aquí está la mía, mirándome, hablándome. No me gusta mi soledad. No me gustan las soledades. Por eso me he traído a Tibu, para abrazarlo cuando cualquier soledad esté a punto de atraparme.
Ay… Con la cena preparada me he quedado. Melancólica. Seré sincera: a punto de llorar estoy. Siento que necesito aire y me asomo a la ventana. El sol ya hace rato que se ocultó y a la luz de una farola descubro a Kodd, un viejo admirador, que se queda mirándome. Sí, tengo a un viejo admirador hablándome con los ojos. Mi único admirador. El único chico que vacación tras vacación me miraba con esos mismos ojos. Nunca le di una oportunidad y hoy me arrepiento.
Y, arrepentida de corazón, bajo corriendo las escaleras, pues ¡necesito hablar! «Por favor, que no se vaya…» De dos en dos (escalones) bajo; y el primer tramo (para mí, el último), de tres en tres. Llego, me planto frente a él y le digo que se calle, que se limite a escuchar, que no pregunte nada, que se limite a respirar. Asiente con la barbilla. Vuelve a quedarse mirándome. Hablándome: con sus ojos verde mar…



(16) Pa que te enamores

Yo no era enamoradiza. Y los chicos nunca me hicieron caso. Ahora, desde que me escapé, desde que todo es tan raro: me enamoro como una tonta y ellos parece que también. Cierto que este Kodd lleva babeando por mí desde que éramos pequeños, pero ha cambiado, es y no es él, solo hay que fijarse en esos ojos verde mar… ¡que antes eran marrones!
Vale, de acuerdo, no sé de qué color eran sus ojos, nunca me fijé, le esquivaba. Levanto la cabeza. Ahí está, al otro lado de la mesa, hablándome, respirándome, embrujándome, interrogándome. Sí, ayer charlamos (charlé), nos despedimos (él con la mano), y hoy me lo he vuelto a encontrar. De camino a casa. Así que nos hemos sentado en una terraza y estamos tomando un zumo de piña.
Ahí está, al otro lado de la mesa, enamorándome, emocionándome, iluminándome, sonriéndome. No, antes no tenía esos ojos. Ahora me ha venido a la cabeza aquella canción…: «No sé-no sé-no sé-no sé qué tienen tus ojitos que me vuelven loco, muy poquito a poco». Pues a mí de golpe. Como ayer le conté todas mis penas, decido darle un poco de conversación (es que el chico es muy obediente y sigue calladito). Un momento: sigue calladito pero esbozando con su boquita una media sonrisa irónica. ¿Se estará burlando? No creo. Es feliz a mi lado y de ahí la media sonrisa que podría ser irónica pero que probablemente es bobalicona. ¿Que tal vez es irónica? Quién sabe: igual sí, pero también podría ser su única sonrisa. Cada persona es como es, yo tengo muchas sonrisas y él tendrá… otras cosas. Además, un tipo tan sumiso, tan complaciente, que sigue sin hablar: merece una pizca de confianza. Así que intento romper su silencio con un frase contestable:
«Me alegra verte. Qué casualidad. Porque hoy llevo otro día de esos de olvidar».
Y el tío me suelta:
«No te he encontrado por casualidad: me dio tus señas el dueño del bar».
«¿Qué?», pienso, y le digo:
«Pues no me gusta que preguntes por ahí ―y me quedo boquiabierta, pues vuelvo a sentirme como dentro de una novela o más bien de una película, y debe ser un musical porque una voz que me suena ajena empieza a cantar a capela―: No preguntes por ahí dónde vivo, dónde estoy, aléjate de mí, por favor».
Enmudezco. ¿Qué narices está pasando? ¿Qué canción es esa (si es que es una canción) y qué va a pasar ahora? Kodd, en vez de preguntar si me pasa algo, replica (¡acompañado por una música que no sé de dónde sale!):
«No puedes dejarme así, sin escuchar mi razón, yo te seguiré, te buscaré».
¿Cómo se llamaban esos dos que cantaban a dúo? ¿Pimpinela y Escarlata o La Pimpinela Escarlata? Bueno, da igual, lo cierto es que me he acordado de ellos y… seguro que todo esto que me está pasando tiene mucho que ver con el estómago vacío de una Deg agotada. No obstante, mi voz vuelve a traicionarme:
«No sabes nada de mí, qué me pone, qué me va, qué me hace sonreír al despertar».
Estamos cantando con música. Como en los musicales. Me digo que es imposible y me repito que sí, que lo es, pero que está pasando y no puedo detenerlo. Y ahora, encima, me he puesto romántica, incitadora. Y, claro, tengo que oírme lo que ya sé:
«Ayer cuando te encontré no parabas de llorar y yo te abracé, te hice olvidar».
Pero lo más grave, lo que me saca de contexto, lo que no podía esperar es que nos pusiéramos a cantar a dos voces:
«Darlo todo, entregarse sin miedo a tener miedo del miedo que rompe nuestros sueños, nuestra vida, nuestro andar».
Después del supuesto estribillo me siento eufórica, renacida, ¡deslumbrante!, como si fuera la gran estrella, la cantante total que incluso puede cantar una canción que no conoce con música salida de la nada. Así me siento, y pienso que la vida es maravillosa porque me gusta el chico, me gusta la canción, me gusta mi voz y no me importa en absoluto lo absurdo de la situación.
«Vente a casa, hace calor ―le canto, ya lanzada―, y tengo un exprimidor, y limones y cubitos y un ventilador.»
Me arrugo durante un segundo: ¡me ha salido la misma proposición que le hice a Yow! Entiendo que esto ya no hay quien lo pare cuando Kodd replica:
«¿Quieres que compremos pan, tomatitos y jamón, un bote de aceitunas y un melón?»
«No podemos olvidar las cervezas sin alcohol, pues mi último novio se las acabó.»
«Yo te cuidaré mejor, te daré mi corazón y un puñao de flores pa que te enamores.»



(17) Quita la zarpa

Kodd lo ha conseguido. Me ha comprado un *puñao de flores y me he *enamorao. Y pensar que los políticos hablan así… Estás viendo la tele, sale un presidente (que no merece mayúscula inicial), suelta por ejemplo un «mire-usted, ese asunto está *solucionao» y se queda tan a gusto. Y el pueblo (también con minúscula inicial) sacándole brillo al sofá. Culos gordos, cerebros pequeños y ni pizca de testiculina. Hablo sobre todo de los jóvenes, pues los maduros ya tienen la vida medio hecha y los viejos, viejos son.
Kodd lo ha conseguido. Su truco ha funcionado, que por él ya me he colado y me tiene hechizá. Un Kodd que también está algo hechizado. E irreconocible. De golpe es otro. Bueno, eso ya lo dije, pero es que ha vuelto a cambiar o ha seguido cambiando, cuando le vi a la luz de la farola ya no era el Kodd de otros años y ahora ya no es el Kodd de ayer. Seguro que estará diciéndose (o cantándose): «Esta niña me ha cambiado y me siento renovado: era un chico simplón, escondido en mi sillón, algo cobarde y tristón».
Así lo imaginaba yo. La verdad es que hubiéramos hecho buena pareja: la chica invisible (en la que nadie se fijaba) y el simplón tristón (el nadie-alguien del paréntesis anterior). O sea, que con esta aventura los dos salimos ganando. Un momento, ¿por qué, de repente, necesito cantar? Aún no me he respondido y ya me oigo:
«Es un sueño anhelado, tanto tiempo esperado, superé la depresión soñando con mi tiburón y en nuestro mundo…»
Tibu me mira como diciendo que sí, que él me ha sacado del hoyo propiciando mi encuentro con Kodd, que si me asomé a la ventana fue porque él me lo sugirió.
«Sobre nosotros gira el Sol y la Luna alrededor.»
Algo más raro de lo normal está pasando. Me siento demasiado bien. Como inmersa en un dulce sueño. Y me veo escapando de mis fantasmas de la mano de un Kodd irresistible mientras un absurdo ¿poema? me viola sensorialmente.
Abandonarlo todo
coger la ruta que no es (ruta)
huir de la rutina
rodar sobre el asfalto
llegar a la ciudad que no nos ve;
cambiando de vida
mudando la piel
caminar sin rumbo
llamando a la oportunidad;
nuevas formas de ser
ser diferentes
distintas cosas que hacer
no hacer lo de siempre;
soñando estamos bien
no nos molesten.
Despierto desolada. Vacía. Sí: ¡despierto!: ¡estaba soñando! Sobre la mesa, una cena preparada que se ha quedado fría. Yo también me he quedado fría. Helada. Me decubro sentada, los codos sobre la mesa, las manos sujetando la cabeza. El tiburón sigue mirándome. Mi tiburón azul. Pero ya no me habla. Si no fuera de plástico, pensaría que está compungido. Me descubro pensando que si los tiburones hinchables pudieran llorar, estaría llorando. Por mí, que he vuelto a fracasar. Ahora, oníricamente. Ni siquiera mis sueños terminan bien. De las pesadillas mejor no hablar. Me descubro sollozando: un sueño tan perfecto y no me deja nada.
Al rato, ya un poco recuperada, me asomo a la ventana. A la luz de la farola no hay admirador ni nada, no hay nada. Nada. Y recito:
«Volviendo a mi vida, con mi dulce soledad».
Un bicho azul me mira y observa:
«Tienes que despabilar».
«Oye, tú, tiburón, si te ríes, te desinflo. ―Y, cuando baja la mirada, en un susurro―: Desde que te compré todo es tan raro… ―Me estiro en la silla―. To´l cuerpo dolorido, los platos por fregar, no sé que más cosas me pueden pasar.»
Menos mal que era un sueño. Ya os decía yo que todo era muy raro y mira tú por dónde tenía razón. Aunque lo cierto es que sigo sintiéndome rara dentro de un mundo aún raro. Qué raro… Busco la palabreja en el diccionario: «Extraordinario, poco común o frecuente» en su segunda acepción (y las otras no vienen al caso). Pues no, no es eso lo que siento. Qué inexacto es el lenguaje… ¿Acaso nos faltan palabras? ¿O es que no encuentro la que necesito? Un momento… ¡Un momento! La sexta acepción, aun no viniendo al caso (que si viene por aquello de que el «principalmente» da mucho juego), sí vale: «Dicho principalmente de un gas enrarecido: Que tiene poca densidad y consistencia». Eureka: ¡así me siento y así siento al mundo que me cobija!: con poca densidad y consistencia. (Por cierto, creo que la RAE se ha equivocado al escribir «Que» con mayúscula inicial, pues después de los dos puntos solo se escribe mayúscula inicial cuando se trata de una cita. ¿Que hasta la RAE puede permitirse algunas licencias, dices? No sé yo…)
¿Menos mal que era un sueño, he dicho? Solo una tonta de mi calibre puede decir algo así después de admitir que se ha sentido ¡vacía!: «Un sueño tan perfecto y no me deja nada». Lo pienso y escribo porque ha vuelto, el vacío, y en la siguiente escena me veo sola bajando las escaleras. Salgo y me cuelo en un pub. Tomo asiento en el lugar más oscuro. Alguien canta una de Camilo VI y me pongo a llorar. El camarero me sirve una cervecita que un lechugino quiere pagar, y el descarado me pasa el brazo por detrás. ¡Lo que me faltaba! Y ahora qué hace: oh, se me queda mirando como un pepino y eso me hace recordar y le digo: quita la zarpa o verás.



(18) Slim

«Quita la zarpa o verás lo que esta pobre chica te va a dar ―es lo primero que le digo, y, como no contesta, me envalentono―: Las apariencias suelen engañar y te acabas de equivocar. La vida me ha hecho dura. Ya no me asusta nada. Y menos un chulito como tú.»
Sonrío por dentro mientras mi chulito lo hace hacia fuera aunque con moderación. «Mi chulito» porque he visto algo en sus ojos que… Sí, vale, es un matasiete y ni siquiera trata de ocultarlo, pero intuyo que su verdadera personalidad se halla atrapada debajo del falso tipo duro. Lo complicado será llegar hasta ella y liberarla. De repente me siento princesa azul y mi corazón se estremece al pensar que mi principe rosa está en apuros.
«¿En tu casa o en la mía, dónde me lo quieres llorar? ―replica él, y, como no le contesto, se envalentona―: Eso tan fuerte que te ha pasado y que no te deja respirar.»
Aún no me conoce y ya anda conjeturando. ¿Eso tan fuerte que me ha pasado? ¿Tanto se me nota? Decido guardar silencio, escuchar al karaokista de turno. Mi chulito, muy respetuoso ahora, hace lo propio. Imagínate, imagínanos a los dos muy juntitos ―hombro contra hombro― escuchando una de Camilo. Y luego, cuando el karaokista termina, se sube al escenario, me señala con el índice y se pone a cantar ¡otra de Camilo!
Mi chulito… me está cantando ‛El amor de mi vida’ y se nota que siente lo que canta. Ya lo vi en sus ojos: duro por fuera y tierno por dentro. Como dije en el sueño, yo no era enamoradiza y los chicos nunca me hicieron caso, pero, desde que me escapé, desde que todo es tan raro: me enamoro como una tonta y ellos parece que también. No sé qué diría Yow. No hace ni dos horas que hemos roto y ya he tenido una aventura onírica y esta que nos ocupa.
«Te veo más tranquila ―observa mi chulito, que ya ha terminado su canción―. ¿Te acompaño a casa? Así nos conocemos un poquito más…»
«Me gusta ese detalle ―señalo―, no me lo esperaba. ¿Quedamos mañana? Es que hoy estoy cansada, y un poco mareada: igual te digo una tontería.»
«Me gusta tu propuesta ―acepta él―, no me la esperaba. Nos vemos mañana. Te espero en el paseo. Y si quieres, también vengo en pijama.»
Me miro. ¿Cómo he podido bajar (!) a la calle en pijama? Qué vergüenza… Estoy peor de lo que pensaba. Y aun así se fijan en mí. O quizás por eso. Suerte que el pijama es nuevo. Yow, Kodd y…
«Oye, ¿cómo te llamas?»
«Slim.» 


martes, 1 de septiembre de 2015

PRIMERA PARTE


(0)   EL SUEÑO DE ÍNDIG

Mi amiga Indignación… Acaba de marcharse. Me pregunta: «¿Por qué no cuentas mi historia?». Yo me quedo embobado. «A qué viene eso», pienso, y ella me suelta (como si me hubiera leído el pensamiento): «El otro día me dijiste que ibas a escribir sobre mí; que lo que decía te parecía interesante; que te preparara unos apuntes; y aquí están ―me los muestra―; ¿los quieres?; ¿vas a hacerlo?; ¿has cambiado de opinión?».
Y le respondo que ahora ando muy liado con la reforma pero… «¿Pero qué?… Podrías escribir una página cada semana y publicarla en el periódico. Eso no te quitará mucho tiempo. Me hace tanta ilusión…»
Recuerdo entonces que no tiene ordenador ni móvil inteligente ni ipad ni nada: que es una analfabeta digital. Y sin embargo va sobrada de inteligencia. Si no la conociera bien, podría pensar que su analfabetismo es intencionado. Pero ella me lo cuenta todo. Vaya, creo que es intencionado. Como lleva años sobreviviendo, te dices: «No tiene tiempo y cuando lo tiene no tiene ganas». Como tantos otros… Mas no. Porque es diligente, no para nunca, siempre está haciendo algo.
Un mediodía del invierno pasado, Índig llegó casi corriendo. «Vengo a por el libro.» Se traga todo lo que escribo y siempre se queda encantada. Solo lee en papel. Una amiga le imprime mis escritos digitales. Antes, cuando no la conocía, le cobraba los libros; de eso ya hace mucho; ahora le regalo los míos y le presto los que me gustan.
«Lo de publicar tus cosas en el periódico…»
«Te aseguro que es pertinente.»
«…»
«Joder, Salvi, sabes que me paso la vida en mi particular Barricada Cultural analógica.»
Eso es cierto. Con todas sus connotaciones. Le digo que lo voy a hacer y entonces me entrega sus apuntes. Mi amiga Indignación acaba de marcharse y aún siento su presencia. «Llámame Índig para poder tildar la primera “i”, que así queda más chulo. En esas notas ―y las señala― solo he puesto cosas íntimas, pensamientos, tonterías que se me ocurren; el lunes empezaré a contar mi día a día. Yo lo voy a decir todo, pero ya veremos si tú te atreves a publicarlo…»
Sonrío. Me lee tan poca gente… Un momento… Índig está algo rara. Creo que trama algo. ¿Qué puede ser? Se me ocurre una sola cosa: piensa que su vida cambiará mágicamente cuando yo la moldee.
Quién sabe…



(1)   ÍNDIG EN PRIMERA PERSONA

Sobreviviendo… Estoy sobreviviendo. Llevo años sobreviviendo. ¿Qué es sobrevivir? Me voy corriendo a por el diccionario. Aquí está, me corresponde la segunda acepción: «Vivir con escasos medios o en condiciones adversas». Algo relativo, porque… ¿y si también se trata de una suerte intencionada?
Otra cosa: con lo de mi nombre te has quedado corto: no has dicho lo de Indi (que no me gusta, pues parece indio o independiente); y tampoco le has sacado partido a su autenticidad. Es posible que hoy hayan más Indignaciones, los indignados están de moda y seguro que alguna pareja tiene una hijita que se llama como yo. Pero a mí me lo pusieron mis padres en tiempos de Franco, y eso ¡se menciona, hombre!
Sigamos: quiero ser una primera persona: quiero contar yo mi historia: no quiero que la cuentes tú. Moldéala si acaso, pero no añadas ni quites nada. Mi vida no va a cambiar y sería estúpido falsearla.
Es todo lo que tenía que decirte (respecto al primer capítulo). Empecemos pues…
Vendo libros, revistas y cómics en los Rastros de Teulada, Pedreguer, Polop, Jalón, Denia, Jávea y Calpe. Nuevos, usados, antiguos, raros… De todo. Llego con mi vieja furgoneta, monto el puesto, enciendo un pitillo (con o sin mezcla) y contemplo a la gente.
La gente…
Me apasiona la gente. Todos tienen algo. Hasta el más insignificante. Los miro. A los ojos. Con insistencia. Desde mi sillón plegable de playa. Ellos saben que yo estoy en mi casa. Sus ojos habladores me lo dicen. Cómo hablan esos ojos… Pupilas escrupulosas, expeditivas, escurridizas. La mirada del espectador ocasional.
Burgueses.
O rebeldes.
El montón aburguesado me hace gracia, pero los rebeldes me fascinan. Ayer conocí a una y no consigo sacármela de la cabeza. Como si me hubiera embrujado. Estoy segura de que volveré a verla. Aunque no dijo nada al respecto, sé que desprecia al rebaño. Es impasible, cerebral, distante.
Y se llevó la novela que le aconsejé, Donde la brisa te habla, la ópera prima de un autor desconocido.



(2)   LA AMIGA DE ÍNDIG

Entra, me mira y arroja el libro azul sobre el mostrador. Sonríe sin sonreír. No me quita los ojos de encima. Pienso en los ojos habladores de Índig. Aunque estos no se limitan a hablar: se te meten dentro. Y entonces, antes de levantarme, la reconozco sin conocerla.
Impasible, cerebral, distante.
Suenan los Cien años de Prolýmbux y mi lectora se deja envolver por una música que ya ha hecho suya. Baila sin bailar. Sin moverse. Vale, sí se mueve, lo estoy viendo, pero nadie más lo advierte: estamos a veintitantos de julio, son las siete de la tarde y la avenida es un río de gente que mira y remira sin reparar en un baile que ella baila para sí misma.
«Un viejo libro que se agota, una portada irrecuperable, la historia que no morirá», me oigo decir.
«¿Me lo dedicas para mi colección de novelas dedicadas?»
«¿Tienes muchas?»
«Ninguna: esta será la primera ―Gira la cabeza―. Ya veo que has escrito más…»
«Sí… Me he enviciado. Sin corromperme. Tercera acepción. Soy un adicto a la palabra escrita, un yonqui retórico. O, al menos, lo intento. ―Abro la Brisa―. ¿Cómo te llamas?»
«¿Y tú me lo preguntas?: sabes de sobra que aún no tengo nombre.»
No sé cuánto tiempo tardo en replicar:
«¿Qué quieres decir?»
«Bah, Salvi, no juegues conmigo… Ten en cuenta que soy un personaje recién nacido, inseguro, frágil.»
Pongo cara de palo y le suelto:
«Pues a mí me pareces impasible, cerebral, distante.»
«Por fuera: por dentro estoy temblando de miedo.»
«¿Miedo? ¿De qué?»
«De que te canses de mí, de no pasar de personaje secundario, de morir.»
«Qué disparate… Además, si fueras un personaje, no serías consciente de tu condición.»
«Si fuera un personaje normal, no; pero soy especial; incluso sé que hay más como yo, aunque todavía no les has dado la libertad.»
«¿Cómo?»
«Que no has publicado sus historias, que los tienes presos en un original relleno de correcciones y en el disco duro de tu ordenador.»
Ahora sí. Me ha cogido bien. De esta no me escapo. Y de Índig mejor no hablar. Ella se muerde su impasible labio. Me dedica una mirada cerebral. Y posa su distante mano sobre la mía.
«¿Me bautizas?»
«¿Tecleando al azar?»
Asiente y tomo asiento. Pulso tres teclas y me salen tres consonantes. Elimino la del medio y dejo caer el anular de mi mano izquierda. Vuelvo con ella y articulo:
«Deg.»
«Deg… ―Acerca su cara a la mía y, cuando espiro, me roba veintiún gramos de aliento―. Me gusta. Me gusta mucho. ¿Seré protagonista?»
Sonrío. Quién sabe…



(3) LA RÉPLICA DE ÍNDIG

Deg era mía. Yo la descubrí. Eres un falso, Salvi. «Me gusta lo que cuentas», me dices, y luego te enredas con Deg. Y la muy zorra provocando. «¿Seré protagonista, seré protagonista?» Pero ya la pillaré…
Tú, Salvi, tal vez pensabas que podías manejarme a tu antojo, quizá aún piensas que soy una simple marioneta, un personaje más. Pues no: soy un personaje consciente de su condición, un ente capaz de evolucionar por sí mismo, la protagonista que no mereces.
¿Qué vas a hacer ahora, Salvi querido? ¿Me vas a eliminar? ¿Vas a llamar al periódico para decir que no publiquen esto? De verdad que me dan ganas de cambiar todas tus contraseñas. Para fastidiarte un poco. Por veleta. Por dejarte seducir por una secundaria. También podría escibir algunas cartas. A tus amigos. A tus enemigos. Puedo hacerte tanto daño… Esa es la palabra clave: «puedo». Porque de alguna manera vivo en tu ordenador y lo manejo a mi antojo.
Sin embargo, todo el mundo merece una segunda oportunidad (babosos incluidos). Y te la voy a dar. Mira, ya casi soy la jefa. ¿Te imaginas? ‛El sueño de Salvi’, la ópera prima de Índig. ¿No te apetece, por una vez, ser personaje? Las cosas son más excitantes aquí. Al menos eso dicen. ¿Tú también lo crees?
En fin, vayamos al grano: ¿intentarás eliminarme, cobarde-cobardón? Si no lo haces, me portaré bien. Pero si empiezas, lo notaré y me voy a revolver como una gata acorralada. Y antes de desaparecer te voy a sacar los ojos, cobardica. Juega limpio, Salvi, no seas ruin, respeta mi oportunidad, tú me la diste, no me la quites así…
Ya me he quedado tranquila. Con este calor no conviene sofocarse. Estamos en la última semana de julio y la ola de calor le ha tomado cariño a la Península. Y eso es malo, pues los turistas compran menos. Este mes de julio está siendo el peor de toda mi carrera mercadillera. Ya sueño con septiembre. Playa semivacía, agua cristalina y fresca, espacio. Ahora da asco. Nuestra pobre costa. Cuánta gente… Apiñados como focas. Y el agua parece caldo. Sustancia tiene, desde luego, con todos esos potingues que se untan…
No diré nada más de estos turistas que me dan de comer. Mejor salgo a la terraza a leer. A esperar la reacción de Salvi. Que no debería producirse. «…» Estos puntos entre comillas indican que me he quedado pensativa un buen rato. Pero de esos pensamientos hablaré en mi próximo capítulo… 



(4) DEG

Tú querrás saber cómo es esto. Cómo es mi mundo novelado. Yo sé cómo es el tuyo porque vengo de él. Provengo de la atornillada mente de una autor que se ha olvidado de mí. Y se ha olvidado queriendo. Ha dejado la historia en mis manos, y supongo que también en las manos de Índig. Dos personajes pérdidos en una historia vacía. Tú, probablemente, querrás saber cómo es este mundo vacío y yo te lo voy a contar.
Tenemos música, pero siempre suena lo mismo: Prolýmbux. Tenemos cotidianidad, pero siempre es la misma. Tenemos vida, pero es la nuestra una vida limitada, restringida, estancada. Apenas tenemos pasado, apenas tenemos personalidad, apenas tenemos sueños. Acabamos de nacer, personajes recién nacidos que han sido abandonados a su suerte.
Tú querrás conocer el porqué. Y yo te lo revelo con dos palabras: está experimentando. P.L. se ha olvidado de sí mismo para olvidarse de nosotras. Y por eso he de escribir yo por él. Deg. Un personaje secundario. Una mujer que sonríe sin sonreír. Impasible, cerebral, distante. Una lectora que se deja envolver por una música que ya ha hecho suya. La chica que baila sin bailar. El imperturbable personaje que por dentro tiembla de miedo.
Así soy. Ni siquiera tengo edad. Ni siquiera sé si trabajo. Ni siquiera sé dónde vivo. Ni siquiera sé si tengo familia. Y así me siento. Vacía. Vacía en un mundo vacío. Mi días son todos iguales: paseo por un rastro, compro un libro y lo leo. Pero lo peor de todo es que no tengo noches. Ni siquiera sé cómo es una noche. Puedo imaginármela, pero aún no he vivido ninguna.
Sin embargo, ahora, al convertirme en primera persona, puedo trazar mi destino, puedo crecer como personaje, puedo empezar a vivir. Puedo. Esa es la palabra clave: «puedo». Aunque en otro contexto, ya lo dijo Índig, y, ciertamente, en estas circunstancias, en nuestras circunstancias, evolucionamos o morimos.
Empiezo a sentirme fuerte. Libre. No soy tuya, Índig: no soy de nadie. Solo eso te digo. Ocúpate de lo tuyo. El «¿seré protagonista?» que le solté a Salvi era un «¿sere protagonista?» inocente, el «¿sere protagonista?» de una Deg recién nacida y no ese «¿sere protagonista?» de zorra provocadora que tú quisiste leer. Todavía no sé qué soy, pero sí sé que no soy una zorra provocadora.
Disfrutemos de una pausa. Cierro los ojos, respiro hondo, me concentro. «¿Quién soy?», me pregunto, y la respuesta no se hace esperar: una chica de dieciocho años que está de vacaciones con su odiosa familia. Los padres y un hermano. ¿Que por qué son odiosos? Casi por todo, pero eso os lo contaré la próxima semana...



(5) La desaparición de Índig

 Yo no sé de dónde he salido. Me parezco tan poco a mis padres… Tampoco tengo nada en común con mi hermano. Ellos lo saben desde siempre, desde que era una cría de pecho que nunca lloraba. «Los muertos hacen más ruido», le decía mi madre a mi padre. Siguen hablando de ello, de lo rara que soy. «Rara de nacimiento», silabea mi padre antes de soltar la carcajada.
Tranquila, contemplativa, solitaria: así era yo de pequeña. Impasible, cerebral, distante: así soy de mayor. Una sombra molesta para una familia ruidosa y superficial. No estamos bien juntos, nunca estuvimos bien juntos, nunca estaremos bien juntos. Y, aunque sospechan que ya urdo mi plan de fuga, siguen atándome corto, para fastidiarme, qué otro porqué puede haber: el veintiocho de septiembre seré mayor de edad y estamos a mediados de agosto.
Mi padre es un necio. Debió de nacer con cretinismo crónico incurable. O tal vez se lo contagió mi abuelo. El aspecto más insoportable del cretinismo es la soberbia; el cretino se cree talentoso; piensa que es brillante; se regodea en su supuesta sabiduria; y está convencido de la mediocridad de todos los que no son como él.
Mi madre es mimética. Por dentro y por fuera. Ha adoptado la apariencia de mi padre y también su personalidad. Mi hermano (once añitos) es mimético. Por dentro y por fuera. Ha adoptado la apariencia de mi padre y también su personalidad. Mi padre, mi madre y mi hermano son uno y trino. Y para ellos, yo soy una diablesa, un ángel rebelde, la hija caída.
Me tratan como si fuera una inconsciente. Todo lo hago mal. No sirvo para nada. No les gusta mi estilo culinario; reprueban mi estilo culinario; detestan mi estilo culinario. Se ríen de mi estilo de vida, lo desprecian, no entienden el vegetarianismo ni el deporte y menos aún el humanismo. Soy una carga, un ser desvalido, una pobre chica: pero siguen atándome corto.
«Por tu bien.»
Qué sola estoy… Voy con ellos a la playa y, en cuanto puedo, me escapo. Me siento menos sola cuando estoy sola entre los veraneantes. Y eso que no me ven. Me miran pero no me ven. Como si fuera transparente. Es duro. Así debe sentirse el famoso Cero a la Izquierda. Bueno, sí, estoy acostumbrada, ya casi no me afecta, la inercia de tantos años siendo así, no siendo nada, la chica invisible.
He hecho una copia de la llave del apartamento y a veces me voy allí a leer hasta que vuelven. Cuando les oigo entrar, me escondo. Y, mientras se duchan, me deslizo hasta la puerta, salgo y toco el timbre. Siempre se enfadan. Gritan. Me gritan. Hasta mi hermano me grita. Son gritones. Yo me pongo seria por fuera; por dentro, no. 
¡Qué sola estoy! Lo pienso, sobre todo, cuando estoy con mi familia. Pero ya queda poco. La cuenta atrás ha empezado. Un mes y me voy. Tendré que buscar trabajo. Y alquilar un piso barato. En esta España resquebrajada. Si al menos tuviera novio. Un novio que aportara algo, claro. Hay un chico que me gusta. La próxima vez que le vea, pienso invitarle a una limonada casera.
«Qué sola estoy.» Podría quedarme en Calpe. Y buscar a Índig. Ha desaparecido, no sé por qué, y estoy preocupada. Imagino que seguirá de Rastro en Rastro, como siempre. Y mañana, miércoles, montan el Rastro de Calpe. Decidido: tengo el plan semanal:
1º) Trabar amistad con Índig.
2º) Trabar amistad con ‛el chico’.
3º) Trabar amistad con alguien que pueda darme trabajo.



(6) El presentimiento de Índig

Índig sí me vio llegar. Y ahora me ve llegar con unos ojos que no conocía. Está tan seria… No parece ella. Algo le pasa. Apoyo los muslos en su puesto y le sonrío. Algo turbada por su talante, escondo mis manos en los bolsillos traseros del pantalón.
«¿Qué tal estás? Vengo a por otro libro.»
«¿Del mismo autor?»
«Sí… La ‛Brisa’ me gustó. Y me la ha dedicado, ¿sabes?»
«¿Cómo no voy a saberlo, cariño?», me suelta con retintín.
«Oye, ¿estás enfadada por algo?, ¿por qué fui a verle?, a mí no me interesa ese hombre, o mejor dicho, solo me interesa como autor.»
«Claro…», y se ríe cáusticamente.
«La verdad, Índig, no sé qué te pasa… Pensaba que te había caído bien, que podríamos ser amigas.»
«No me fastidies, Deg: si somos personajes… y ni siquiera eso porque aún no nos han perfilado.»
«¿Cómo personajes?»
«Va, no me vengas con esas… ¿A qué estás jugando?»
«A ti te pasa algo.»
«¡A ti ―me grita― te pasa algo! ―Me mira con desprecio―: Eres una invención mía, yo te concebí, un personaje secundario que ahora se cree importante.»
«No entiendo nada, Índig, pero no me gusta que me hables así.»
«Vamos a ver, Deg querida: ¿de qué me conoces?»
«Qué pregunta tan tonta… Nos conocimos aquí mismo hace un par de semanas. Si acabamos de hablarlo: te compré un libro y…»
«Sí, Deg, un libro de P.L., el autor que en este momento escribe esta historia que estamos viviendo.»
«Tú necesitas ayuda…»
«¿Psiquiátrica?»
«Tal vez, no lo sé. ¿Te había pasado antes?»
«¿Pasado? ¿El qué?»
«Pues eso, creerte personaje, delirar…»
«Mira, bonita, ¿por qué no te vas con Salvi y me dejas en paz?»
«Muy graciosa… No recuerdo haber mencionado mi apellido…»
«¿Qué apellido?»
«De Salvi: me llamo Deg de Salvi.»
«Desde luego, qué bien te haces la tonta…»
«Todo esto es muy raro. Me caíste tan bien el otro día…»
«Sí, sí, lo que tú digas, pero ahora lárgate, que no quiero compartir historia contigo.»
Me quedo unos segundos mirándola. Quisiera ayudarla, pero no sé cómo. Loca no parece, solo trastornada, y quizás ella es así, un poco lunática, quién sabe, como apenas nos conocemos… Índig achica los ojos como si de repente hubiera presentido algo, y, sin dejar de mirarme, dice como para sí:
«¿Será esa la clave? ¿Tengo que olvidar mi condición de personaje si quiero ser protagonista? ¿Para acceder al mundo novelado, para ser aspirante a persona, para vivir: he de extraviar mis orígenes?».



(7) Agua y limones

Las últimas palabras de Índig me han dejado pensativa. «¿Condición de personaje, mundo novelado, extraviar mis orígenes?» Qué tenue me siento al pensar en ello… No sé por qué. Pero me mareo, la cabeza se me va, incluso me cuesta respirar. «Me» soy yo… «Ji-ji…» (Ese «ji» doble es una risilla metal.)
Bah, no le daré más vueltas. Me pareció un poco rara y es muuuy rara. Como yo también lo soy, pensé que podríamos congeniar, pero sus «rarezas» son inquietantes y no me interesan. Porque lo que yo necesito es estabilidad…
Regreso a casa. La familia está en la playa. Le echo un vistazo a la despensa. Ni un solo limón. Apenas medio litro de agua embotellada (sin cloro). Y me muero por una limonada casera.
Bajo al super playero. Ya no hace tanto calor y se nota en el ambiente: la gente estaba agobiada… Algo me mira y me ve. Un tiburón azul. Está llamando mi atención. Lo siento. («Vas progresando, chica, un trozo de plástico lleno de aire se ha fijado en ti.») Mi tiburón azul… Y me imagino sobre él, entre las olas, bien agarrada a sus asas.
Me cautivan sus pupilones negros: fijos en su burlona esclerótica amarilla. ¿Los ojos de los tiburones tienen esclerótica? Qué más da… Y esa sonrisa picarona… Lo cojo por el asa y me lo llevo. Un crío intenta quitármelo. Me parece que es un hinchable infantil. «¡Aparta, champiñón! Señora…»
Resulta difícil recorrer un super playero en pleno agosto con un tiburón de metro y medio que, además, cuenta con unas aletas considerables. Y desconfío. Algún bobo podría pinchármelo. Así que lo dejo en la caja y me voy sola a por el agua y los limones. Sola. Así me siento. ¿Puede un trozo de plástico hinchable hacerte compañía? Veremos… 
Al salir me arrepiento. He comprado una garrafa de cinco litros y el apartamente está a doscientos metros. Y la malla de limones también pesa. En cuanto a mi tiburón azul, es ligero pero… «(!)» Ese signo de exclamación entre parentesis entrecomillados compendia mi sentir, lo que he sentido al verle, el estremecimiento que me ha recorrido ¡entera! cuando ‛el chico’ ha surgido de la multitud.
Y yo de esta guisa… ‛Mi’ chico viene directo hacia mí y noto cómo mis piernas empiezan a temblar. Llega a mi altura. El instante se dilata, caminamos a cámara lenta, y… ¡él me mira y me ve! El tiempo se detiene. Como si estuviéramos dentro de una peli y el espectador congelara la imagen para disfrutarla en silencio. Sé que ha llegado mi momento, y le suelto:
«Vente a casa y verás mi ventilador, mi paquete de brown sugar, mis cubitos, mi exprimidor».
Contra todo pronóstico, se para en seco y replica:
«¿Qué?»
En vez de contestarle, me pierdo en sus ojos. Antes de que (yo) consiga reacccionar, coge el botellón de agua y el tiburón. Estamos frente a frente, ¿obstruyendo? un río de veraneantes paseadores. Veraneantes que antes me miraban y no me veían. ¿Me ven ahora? No lo sé ni me importa. De repente soy otra, y le digo:
«No quiero que te canses: los limones los llevo yo».



(8) ¿Me mimarás?

Caminamos sin hablar. Estoy azorada. Por lo de «no quiero que te canses». Por si lo ha entendido mal. Es tan difícil expresarse bien, utilizar las palabras adecuadas, el tono pretendido. Le he soltado eso de «los limones los llevo yo» porque le he visto demasiado dispuesto y no quería aprovecharme. Y porque no se me ha ocurrido otra cosa.
Pero podría pensar que lo necesito con toda su ‛potencia’. ¡Ja! Va listo: aún no lo he hecho y solo lo haré cuando la relación sea císnica. Después de tantos años de monotonía, no voy a estropear el momento presente ―mágico al fin― haciendo tonterías. Me siento como si acabara de renacer y oportunidades así solo se nos presentan una vez en la vida.
«¿Cómo te llamas?», me pregunta.
«Deg ―le respondo―. ¿Y tú?»
«Yow.»
Vaya nombre más raro. Él también es raro. Cabeza de calabacín (grande). Y todo lo demás pequeño. Los ojos, la nariz, la boca. Tiene los ojos achinados. Su cuerpo también es especial: delgado y flexible: parece un dibujo animado vivo. Lleva el pelo corto, peinado hacia atrás, y se le ensortija un poco. A mí me gusta mucho, este chico, pero no creo que tenga éxito con las chicas. ¡Espero que no lo tenga!
Entramos en le portal. Si intenta algo, le doy con los limones. Eso pienso. Sonrío. Porque el «eso pienso» lo utilizaba mucho Nino, el protagonista de ‛Después de Rita’, una novela genial que acabo de leer. Me la ha prestado Salvador, un escritor calpino que hace un par de semanas me dedicó uno de sus libros.
Me gusta Calpe. Estoy de vacaciones, sí, pero me gustaría quedarme para siempre. ‛Eso pienso’ mientras subimos las escaleras. Claro que hay ascensor, pero el tiburón no quería entrar. Me detengo delante de la puerta. Miro a Yow, que enseguida pone cara de pito. Se le da muy bien poner caras raras. Nos conocemos cinco minutos y ya ha puesto tres o cuatro. No sé muy bien lo que intenta transmitirme, pero me hace reír (o sonreír). Tal vez solo busca eso: arrancarme risas (o sonrisas).
«El coleccionista de risas (o sonrisas).»
Ahora me pregunto: ¿tengo bastantes registros como para coleccionarlos?, ¿debería concebir algunos más?, ¿me río y sonrío bien o debo perfeccionar mi técnica?
Sacudo la cabeza y entramos. Preparo limonada, nos servimos un vaso y guardamos el resto en la nevera. Pongo música. Los ‛Cien años’ de Prolýmbux. Una canción que me persigue. O tal soy yo quien va tras ella. Yow empieza a bailar. Baila sin bailar. Sin moverse. Vale, sí se mueve, lo estoy viendo, pero nadie más lo advertiría: los demás mirarían y remirarían sin reparar en un baile que él baila para sí mismo.
 Me pongo a bailar con ‛mi chico’. Nos reímos. Bailamos y reímos. Cuando empieza ‛Prefiero huir’, cambiamos el estilo. De repente, inesperadamente, me coge por la cintura y bailamos pegados. Pero enseguida me acuerdo de Sergio Dalma y ―poniendo cara de asco― le doy tres empujones.
«Ven aquí, chaval.»
Qué risas, qué flipada, qué mimos, qué calidad. Le suelto un «te quiero» y me replica que él más. Y en ese momento aparece mi padre (de ahora en adelante ‛el Sigiloso’), que ha entrado sin tocar. Mi hermano (de ahora en adelante el ‛Chivato’)  va tras él, y, nada más verme, grita:
«Ahí está».
Me siento morir. ¿Acaso ha estado siguiéndome, ese enano chivato? Porque es la primera vez que salgo con un chico y ya me han pillado. El ‛Sigiloso’ se encara con Yow. No sé qué le está diciendo, mi cabeza está ocupada con asuntos más importantes, pero colijo que le está echando. Miro a ‛mi chico’ y descubro una sonrisa burlesca que me sorprende y complace: el ‛Sigiloso’, más que amedrentarle, le da risa. Acaban de ‛conocerse’ y ya le ha calado, ya sabe que es un payaso.
Me siento crecer. Al lado de Yow soy otra. Mi momento ha llegado y no dudo en pedirle:
«Sácame de aquí, Yow. Vámonos. ―Y como no reacciona―: No puedo respirar. Chíflate por mí. Fuguémonos. ―Y como sigue sin reaccionar―: ¡Chaval!, despabílate por mí».
Y entonces mi padre y mi hermano se ponen a gritar, y tratan de cogerme, pero Yow los empuja y salimos corriendo, chocando, riendo, lamiendo nuestra libertad.
Ya en la playa, le beso, le miro, pregunto:
«¿Me mimarás?».