Mudando la piel es una novela musical. Diecisiete temas que cuentan una sola historia. La novela por entregas que contiene este blog cuenta la misma historia pero profundizando un poco más. Cada semana añadiremos el capítulo correspondiente. Cuando finalice la primera parte, comenzaremos con la segunda en otra entrada, para que sea más fácil seguir la historia. En cuanto al álbum, estará listo el año que viene.
Si te apetece escuchar el primer tema, pincha en un retrato.

martes, 8 de diciembre de 2015

TERCERA PARTE

(19) Mentes voladoras

Trabajo y pienso. En Slim. Que me espera en el paseo. La verdad, no acabo de fiarme de él. No es como los otros. Yow respira franqueza; y Kodd, dulzura. Del Kodd onírico, hablo; el real es un poco más soso. En definitiva, que son buenos chicos. Mientras que este es un pillo de cuidado… ¿Qué estará pensando ahora? Adoptaré su personalidad para escribir lo que trama. Porque seguro que trama algo.
Ya le veo. Se está vistiendo para la ocasión. Allá voy…: cierro los ojos, salgo volando por la ventana y me cuelo en su piso. Me siento en su cama. Como no puede verme… No sabe qué camisa ponerse. Finalmente se decanta por una negra. Se planta frente al espejo. Respingo por dentro. Me asomo. No, no salgo. Resoplo. Vaya trago. Porque los vampiros sí salen (en los espejos) y no sería raro que saliesen también las mentes voladoras.
Slim se pone de perfil. Extiende los brazos. Cierra los ojos. Toma aire. Y se pone a (!) cantar: 
«“Y si quieres, también vengo en pijama”, le dije, y ahora voy a por ella para decirle: “Ya sé que no te fías de mí. Piensas que soy un vivo, un listo, un pillo, un canalla integral que goza enamorando y luego se va. Y no diré que es mentira, aunque contigo es diferente. Esperaré a que me conozcas y así podré yo conocerte”».
No os lo vais a creer: hay música en el aire. Igual que en el sueño. Sí, me lo estoy imaginando todo, ¡pero es demasiado real! Ahora suena una guitarra levemente distorsionada que me lleva de vuelta a mi apartamento. Y aquí estoy, delante de mi espejo, cantando:
«Igual te digo una tontería”, le dije, luego me callé pero le di una cita, y dentro de un rato me quedaré a solas con ese marrajo. Y yo me pregunto qué tendrá pensado, que me he de poner paʼ dejarle planchado, paʼ que no se me eche encima, paʼ que no se ponga pesado.Visualizo el chándal de fregar ventanas, mi gorra amarilla, las gafas de pasta... Y unas ʽChuck Taylorʼ, paʼ salir corriendo si pasa algo».



(20) Abrazos tostados con mermelada

«Si pasa algo…» Pues lo pensé y pasó. Aunque creo que hubiera pasado de todos modos. Creo que lo intuí. Hay quien piensa que es más fácil que pase algo si piensas que va a pasar. Yo creo más bien que a veces intuimos que va a pasar algo. Y, cuando pasa, algunos se culpan por haberlo pensado. Yo no: yo pienso que no podemos influir en los acontecimientos con el pensamiento. No somos tan poderosos. Pero sí podemos trazar nuestro destino con la actitud y con las acciones que de ella se desprenden. Y de ahí las intuiciones. Sabemos que estamos en plan C y el resultado será sin duda del tipo C. Más que intuir, colegimos. Eso sí, de forma íntima, casi sin darnos cuenta.
Al margen de esto, últimamente siempre me pasa algo. Antes, cuando mi vida era monótona, no. Todos los días eran iguales. Pero ahora, por el contrario, cada día me pasa algo. Y ayer pasó lo que tenía que pasar. Lo que me tocaba. Lo que yo me busqué. El resultado: una historia pasa de largo y otra vuelve en su lugar.
Lo contaré en presente, como si lo estuviera reviviendo.
Slim me ve llegar con el chándal de fregar ventanas, la gorra amarilla, las gafas de pasta y las ʽChuck Taylorʼ. Me ve llegar ¡y me reconoce! A la primera. Y no pone una cara rara. No pone ninguna cara. Me da un beso, me guiña un ojo y nos vamos de la mano. Todo un caballero. No me lo esperaba. Lo confieso: algo se me ha removido muy adentro.
Pero la fiesta nos dura poco. Cincuenta metros más allá nos cruzamos con cuatro jóvenes que empiezan a burlarse de mí. «Callo malayo.» «Gafotas.» «El bello y la bestia.» Y claro, Slim se lía a tortazos. Con los cuatro. Un valiente. Yo intento ayudarle cogiendo a uno por el pelo, pero no tardo en rodar por el suelo. En la siguiente escena abro los ojos y veo a Yow. No, no es otro sueño: ese guapito que me falló está ahora con la Cruz Roja.
Yow me suelta un sermón. «¿Qué haces aquí a estas horas con esa pinta? La verdad, no sé qué ha podido pasar... Anda, vamos, en casa me lo contarás.» Pide permiso, se acerca, toma mi mano, y yo rompo a llorar, y entonces me dice: «Si aún me quieres, yo te quiero más».
Ya de camino, explico: «Me he vestido así por una razón: quería que él supiera que tengo mundo interior. Sigo buscando un verdadero amor, y no uno se esos que huyen tras el primer tropezón». Él no se da por aludido. Por supuesto sabe que es el del primer tropezón, pero en vez de comentarlo, pregunta: «¿Y qué ha pasado, por qué le han apaleado? ¿A ti te han hecho algo? ¿Estás bien? ¿Estás bien?».
Ha repetido el «¿estás bien?» porque no reacciono. No reacciono porque me he quedado embobada con los ojos del nuevo Yow. Con su forma de preguntarme si estoy bien. Ha cambiado. Ha madurado. En cuatro días se ha convertido en un hombre. Y siento que me vuelvo a enamorar. Deg, la bobalicona enamoradiza, esa soy yo.
«Sí, estoy bien. Cuatro borrachos tarados me han insultado y él me ha querido defender, pero estoy bien.» Llegamos a casa. A mi casa. A la que fuera nuestra casa. Entra y me dice: «Nada ha cambiado. Parece que me fui ayer. O anteayer». Ese anteayer burlón termina de conquistarme y le suelto: «Puedes quedarte si quieres. Y así charlamos hasta el amanecer. Y desayunamos...».
«...unos abrazos tostados con mermelada...», continúa él.
«...y diez mil besos con café», completo yo.
«Eso está bien», susurra.
«Sí, está bien», susurro yo.



(21) Veintiún gramos de aliento

Aquí estoy. En casa. Mirando a Yow. Tras una larga noche que en realidad ha sido la más corta de mi vida. Una noche que jamás olvidaré. La noche de la gran charla. La noche en que los dos nos hemos encontrado por segunda vez. Ahora, los dos frente a frente, café con leche y pan tostado con mermelada, le susurro:
«Sí, está bien de nuevo encontrarte, de nuevo encontrarte, de nuevo encontrarte».
Él no dice nada. Debería preguntarme que por qué he repetido tres veces lo mismo. Pero no lo hace. Sigue mirándome. Sin decir nada. La verdad es que ni siquiera yo sé por qué he repetido lo mismo tres veces. En esas estoy cuando una voz que me suena ajena susurra:
«Y entender que tú eres mi destino, que tú eres mi destino».
Otra vez. He vuelto a hacerlo y lo inquietante es que ignoro el motivo pero sé que existe. Es como si estuviera interpretando un sueño escrito para mí. Para nosotros.
«Y ahora que vuelvo a tenerte aquí, te miro, me encuentro, nos veo en un jardín. Y entre los pliegues del amanecer te digo, te pido: vámonos de aquí: lejos de esta ciudad que llora y muerde y chilla como un loco desquiciado.»
Yow asiente. Se cruza de brazos y asiente. Arruga la cara y luego la estira. El rey de las caras. En eso no ha cambiado. El chico de las caras raras y la chica de las sonrisas inéditas. El inventa caras y yo sonrisas. Tal para cual. 
«La historia se repite, ¿recuerdas?: sácame de aquí, vámonos, no puedo respirar.»
Y entonces me dice que sí, que su abuela tiene una finquita abandonada en Parcent, tres hectáreas y una casita, almendros, olivos y algarrobos, agua de pozo y placas solares. Y que seguro que se alegrará mucho cuando sepa que queremos instalarnos allí. «Si nos quedamos, nos la regala, puedes contar con ello.» Yow se emociona por momentos y empieza a hablar de gallinas, de calabacines y de mercadillos. Esto último me hace pensar en la desaparecida Índig y le pregunto por ella.
«¿La conoces?»
«Sí: una vez me vendió un libro. Pero no he vuelto a verla.»
«¿Recuerdas que libro te vendió?
«Sí: ʽDonde la brisa te hablaʼ. Es de un escritor afincado en Calpe.»
La chica de las sonrisas inéditas diseña y ejecuta la que la ocasión merece. La bautizaremos como ʽsilenciosa de pepinillo picanteʼ. No: todas las sonrisas no son silenciosas. Algunas hasta salpican. Y una sonrisa estridente te puede crispar. ¿Sonríes? Si fuéramos un pueblo inteligente-sonriente, tendríamos un nombre para cada sonrisa; como somos un pueblo ignorante-insultador, pues tenemos un nombre para cada insulto.
Según la RAE una sonrisa es la acción y efecto de sonreír, y sonreír es reírse un poco o levemente (y sin ruido), y reír es celebrar algo con risa, y risa (en su primera acepción) es el movimiento de la boca y otras partes del rostro (que demuestra alegría).
Según la REA (de realidad) podemos esbozar una sonrisa sin sonreír y reírnos sin mover la boca ni otras partes del rostro (y sin demostrar alegría).
Si sintetizamos todo lo dicho por la RAE, llegamos a la siguiente conclusión: una sonrisa incluye un movimiento de la boca, alegría y silencio. Mientras que yo he diseñado sonrisas sonoras, sonrisas tristes y sonrisas estáticas; y también una sonora, triste y estática.
Pero ahora, el recuerdo de Índig y de ese P.L. (que probablemente no es el P.L. que yo conocí) me deja en la boca esta sonrisa ʽsilenciosa de pepinillo picanteʼ. Que se desvanece ―boca entreabierta― cuando pienso en la dedicatoria que me regaló el auténtico P.L.: «Para mi amiga Deg, que acaba de robarme veintiún gramos de aliento».



(22)  ¿Será porque me lo merezco?

No somos ingenuos. Pero nos gustar soñar. Aunque con los pies en la tierra. Y por eso nos mudamos al campo. No será fácil sobrevivir. Ganarse el pan. ¿Que de qué vamos a vivir en el campo? Yow dice que se ofrecerá como chico para todo. Ya tiene las tarjetas. ¡Y me ha puesto a mí también! Un cosquilleo me ha recorrido entera cuando he leído nuestros nombres.
Deg & Yow
(Finca Arrimada)
...trabajos agrícolas sencillos y demás...
653.928.283
Y demás... Me ha hecho gracia. Yow dice que repartirá todas las tarjetas. ¡1.000! A ver si no vamos a poder con tanto trabajo... Irá de casa en casa. En los pueblos siempre hay trabajo. Un margen roto, podar, recolectar, limpiar un jardín, limpiar la casa de un anciano. Lo que sea. Sácame de aquí: no puedo respirar: se lo pedí dos veces y se ha hecho realidad.
Ya estamos arreglando nuestro hogar. Con los mil euros que nos ha dado la abuela de Yow. La yaya. Que está contentísima. Él ya lo sabía. La conoce bien. En la otra esquina, sus padres ríen. Por no llorar. Porque son supertradicionales y nuestra relación se les ha atragantado. No, nos han dado ni un euro. Como no vamos a casarnos...  
 Me gusta el campo. Con sus grillos. Con sus viejos postes de electricidad. Otro aire. Un aire que alimenta. En cuanto acabemos de acondicionar la casa, volveremos corriendo a Calpe, recogeremos nuestras cosas y adiós, asfalto, adiós. Despedirnos. Para no volver. Incluso de ese marrajo que está en el hospital. Vale: volver, volveremos, pero de visita.
Sácame de aquí, le pedí, y lo está haciendo. Lo estamos haciendo. Yo sola no podía. Él solo tampoco podía. Juntos descubrimos nuestro destino y juntos nos vamos. La magia del amor. De los planes en común. De hacer algo por el otro. Para que el otro sea feliz. Yow me quiere. Sé que me quiere. Lo supe desde el principio. Pero necesitábamos encontrarnos. Conocernos y enfadarnos para volver a conocernos. Y ahora solo tiene ojos para mí. Todo él se vierte en mí. Cada vez que nos miramos, nos entregamos. Sin condiciones. Yow sabe lo que quiero y yo sé que intentará dármelo. No soy ambiciosa, así que lo va a tener fácil. En realidad solo quiero que me quiera. Que se preocupe por mí. Por nosotros. Que me respete. Ayer decía que no era mi cocinero y hoy prepara guisos de su invención. Naturales & Exquisitos. Y limpia tanto o más que yo. Además, esta mañana le he pillado sentado. En el inodoro. ¡Y el asunto era menor! Nos hemos mirado y seguro que la sonrisa que he diseñado era de enamorada babeante. Entonces él ha puesto una de sus caras raras, y otra cuando le he dicho que esta noche era la noche.
El gran momento ha llegado. «No quiero que te canses», le dije el primer día, y me azoré al pensar que tal vez había entendido mal eso de que «los limones los llevo yo», pues podría pensar que lo necesitaba con toda su ‛potencia’. Pensé aquel día que solo lo haría cuando nuestra relación fuera císnica o llevase camino de serlo y ya lo es (o lleva camino de serlo). ¿Será porque me lo merezco?



(23)  Si me sale mal, vuelvo contigo

Hoy me ha pasado algo raro. Algo que no me gusta demasiado. Porque me confunde. Quiero ser la chica de las ideas claras y me molesta no aclararme. Sé que soy joven y que un joven es un trozo de carne tersa relleno de dudas y que el remedio llega con la madurez y que todos los jóvenes piensan tonterías, pero ¿por qué no puedo ser la excepción?
Siempre quise ser la excepción. Por eso nadie me veía. Cuando eres raro, te miran y no te ven. Y al final ni siquiera te miran. Aunque yo era una rara muy normal. Una rarita que no llamaba la atención. Tranquila. Callada. Cerebral. La chica de la que ningún chico se enamora. Hasta que me fui. Cuando me alejé de mis padres, me convertí en la chica de la que todos se enamoran. 
Ahora estoy en el hospital, despidiéndome de Slim, mi chulito.
Él me mira. Con sus nuevos ojos. En esta nueva etapa, todos mis chicos cambian al conocerme. Sin apenas esforzarme, consigo que me miren como a mí me gusta. Pero solo puedo quedarme con uno. Decía al principio que hoy me ha pasado algo raro y es esto: me he dado cuenta de que me gustan los tres. Yow. Kodd. Slim. Vale, aunque lo más probable es que el Kodd real no esté a la altura del Kodd onírico, sé que podría cambiarle. En todo estoy pensando cuando Slim me dice:
«Me lo merezco. Me merezco lo que me ha pasado. Y también que tú te vayas con el guapito ese. No supe ser lo que realmente quería ser: un tipo social y nada duro. Un tipo que te hiciera reír. Y mira, me di cuenta cuando te pusiste a llorar. Cuando te insultaron. Y ahora estoy aquí. Así. Tan mal. Tortura china. Me gustaste, Deg. Me gustas. Me gustarás. Aunque seguramente piensas que solo quería verte rodeada de estrellas, en un vaivén de mágicas horas, y con la Luna alrededor».
Slim enmudece. Como si se le hubiese escapado algo. ¿Dónde he oído yo eso de la Luna alrededor? No consigo recordarlo, pero me es extrañamente familiar.
«Te hubiera dicho cosas tan chulas... ―continúa un Slim que se ablanda (y me ablanda) por momentos―. O malos versos, mi Melibea. ―Aquí sonríe sin sonreír―. Perdona, pero no pude (o no quise) ir a la escuela. ―Y a modo de disculpa―: Es que la vida me atrapó...»
Vuelve a enmudecer. Aunque apenas nos conocemos, es como si nos conociéramos desde siempre. ¿Por qué no puedo tener dos novios?, me pregunto. O tres. Me lo pregunto pero no me respondo. Todavía estoy pensando en ello cuando Slim vuelve a hablar:
«Pero no me creo que no pensarás un poco en mí».
Levanta el labio superior para esbozar una dolorosa sonrisa. Yo empiezo a llorar y susurro:
«¿Qué será de ti?...».
Él me toma las manos como si quisiera quedárselas. Y me suelta:
«Por tus manos temblando en mis manos sé que te he perdido. Pero en este instante juro por mi sangre que siempre tendrás un amigo aquí», y se golpea el pecho».
Este Slim es un poco dramático. Casi trágico. Teatral. Pero conmovedor. Sé que juntos llegaríamos lejos. Creceríamos juntos. Y le digo de pensamiento:
«Allá en tu pub me pareciste más duro... Y al verte aquí, me pareces tan puro... Qué pena me da no poder quedarme a tu lado. Pero tengo novio. Miedo me da dejar todo atrás. Si me sale mal, vuelvo contigo».



(24)  Pesadilla musical

Anoche tuve una pesadilla. Musical. En ella, mis tres chicos y Tibu se me disputaban. He despertado de madrugada, bañada en sudor pero relajada, como si la pesadilla hubiera puesto las cosas en su sitio. Como si la pesadilla fuera el principio o el final de algo. De hecho, ahora estoy sola, en el apartamento donde todo empezara, y siento que todo gira a mi alrededor (Luna incluida), que soy el centro del mundo, que todo me espera y que (todo) es nada sin mí.
Me siento bien. ¿Demasiado bien? Sí. Pero no me preocupa. Estoy tan bien que nada puede preocuparme. Ni siquiera mi inquietudes cuadrangulares. Algo me dice que al final todo cuadrará. Ahí está: cuadrar (en su undécima acepción): «Agradar o convenir con el intento o deseo». O sea, que el cuatro es mágico. Ja, ahora recuerdo que Tibu también me pretendía. En mi pesadilla. Pues lo siento, tiburoncete, pero el bestialismo no es lo mío. Aunque, pensándolo bien, mi Tibu no es un animal... ¿Parafilia fetichista? Bah, no me siento desviada en ninguna dirección y en la sexual menos aún. De manera que Tibu tendrá que conformarse con mi amistad incondicional.
«Ya no volvió conmigo, se la llevó un ladrón, quedé tan deprimido que reventó mi corazón», cantaba Slim en mi pesadilla mientras daba vueltas sobre mi cabeza.
«La conocí en un sueño pero ella despertó, fui solo un personaje al que robo el corazón», cantaba Kodd, que también daba vueltas sobre mi cabeza (con la Luna alrededor).
«Ella me echó de casa con toda la razón y tengo un reto por delante: conquistar su corazón», cantaba un Yow que, ¡cómo no!, giraba junto a los otros.
«Tengo tres amores sin contar a Tiburón, bailando en mi cabeza, pero resistió mi corazón», entonaba yo.
Y un Tibu bastante osado, cantaba mordiendo el aire:
«Pero yo soy su preferido, esperaré mi ocasión, y cuando se despisten, robaré su corazón».
¿Qué os parece? ¿Os parece que tengo un cerebro normal? Como dije antes, me siento requetebién, inmersa en una placidez que tampoco me parece normal. Estoy tan a gusto... Como flotando. Un momento. ¡Estoy flotando! No sé cómo ha sucedido, pero ya no estoy en mi apartamento. Estoy con Yow, con un Yow dormilón, silencioso, feliz. Estamos tumbados sobre la hierba, sobre un pedazo de tierra flotante alfombrado de hierba. El día es espléndido, las nubes pasan junto a nosotros, también una bandada de patos sonrientes, sin lugar a dudas estoy en el cénit del día más feliz de toda mi existencia. Y de repente, el pedazo de tierra flotante alfombrado de hierba empieza a inclinarse.
«¡Nos caemos, Yow, nos caemos, nos caeeemos!...»
Y entonces me despierto. Y oígo el murmullo playero. Y, sobre él, la áspera voz del Sigiloso. Y siento el sol sobre mi piel. Y la toalla bajo mi cuerpo. Y noto cómo el pecho se me congestiona. Porque sé que estoy despierta. He despertado de verdad, y no como cuando soñaba que despertaba del sueño koodiano o de la reciente pesadilla ʽcorazón reventado, robado, conquistado, resistente o robableʼ. ¡Estoy despierta! Y sé que todo ha sido un sueño. ¡Un sueño múltiple! Que ya es historia. Que solo existe en mi cabeza. ¡Qué vacío, Dios! Quisiera desaparecer, evaporarme, morir. Morir después de morir, pues ―de alguna manera― este despertar ya me ha matado. O lo que es lo mismo: la Deg de la que todos los chicos se enamoran ha muerto, la chica de las sonrisas inéditas nunca existió, Yow se ha quedado sin novia y yo ni siquiera tengo fuerzas para abrir los ojos.



 (25) Un sueño perfecto

Abro los ojos. Los vuelvo a cerrar. Estoy en la playa. Pero eso ya lo sabía. Aun así, me mareo, no puedo respirar. ¿Qué es lo que pasa aquí? Aunque sé qué es lo que pasa aquí, no acabo de creérmelo. Joder (con perdón), no quiero creérmelo. Después de tantos años, mi sueño se había hecho realidad y resulta que todo era un sueño. Un sueño perfecto que no me deja nada.
Abro los ojos. Ahora con decisión. Me incorporo. Ahí está el Sigiloso. Y el Chivato. Con mamá. Trago saliva. Tengo la lengua de trapo, pero a estos no les voy a pedir nada. Me muero por una limonada, y tendré que buscarme la vida. Tendré que intentar ser como la Deg onírica. Decidida, imprevisible, optimista. Una Deg que jamás se arruga.
Me levanto. ¿En qué parte de la playa estoy? ¿Dónde habrá un bar? Ah, ya me ubico. ¡Ufff, cómo quema la arena! Sin que nadie se dé cuenta, me alejo de la zona familiar y a saltitos llego al paseo. Me examino mentalmente y casi no me lo creo: ya no soy la de antes: soy la chica del sueño. Voy llegando al chiringuito y me siento renovada. Si el Chivato me persigue, verá lo que esta pobre chica le va a dar.
«¿Qué (!) veo?»
¿Veo visones?: porque me veo a mí, veo la escena que yo viví, veo a ese chico que en sueños vi, y viene hacia mí con las cosas que yo llevaba. ¿Cómo es posible que esté pasando? ¿Cómo saber si no estoy soñando? ¿Cómo saber que no me he dormido? ¿Cómo es posible? ¿Cómo (!) es (!) posible? Tomo aire y me respondo: «Es como en el sueño pero al revés, tonta».
La pregunta es: «¿Y ahora qué hago?». Es inaudito, es increíble, ¿acaso va a hacer limonada? Lo que no puedo explicarme es lo del tiburón azul. Porque lo del agua y los limones podría ser una coincidencia. Pero lo de Tibu, no. Lo de Tibu me descoloca. Pero me estoy estremeciendo, y me pellizco fuerte y no despierto, y me muerdo el labio dos veces y todavía sigo aquí, y él sigue viniendo hacia mí, y sé que no, que no estoy soñando otra vez.
Parece que no es quimera. Ni una realidad cualquiera. O sea, que si no hago algo ahora, es mi vida la que se va. «Agua y limones», le soltaría, para ver cómo reacciona. Para ver si me replica, como en el sueño: «Y un tiburón azul». Yow traza una línea perfecta entre nuestros ojos y nueve pasos después nos detenemos. Sin decir nada, aquí estamos, cara a cara.
«¿Vas muy lejos?», le pregunto, y se me queda mirando como un tomate que, al parecer, quiere hablar.
«Yo te conozco y no sé de qué, ¡pero qué bien te conozco!...», me dice.
Y yo, burlona, le respondo:
«¿Verdad que tienes ventilador, azúcar, cubitos y un exprimidor?
Sonrío. Triunfal. Por la réplica. Que certifica mi metamorfosis. Definitivamente soy la Deg onírica y eso lo cambia todo porque ella que soy yo siempre consigue que todo cambie.
«Ah ―y aquí pone una de sus caras raras―, tú eres la chica con la que sueño. ―Pone otra cara. Y otra más. Entreabre la boca y articula sin convencimiento―: Te habré visto en la playa o tal vez en el pueblo.»
Estoy que floto. Si doy un saltito, me quedo flotando. Así de ligera me siento. Ligera pero fuerte. Intrépida. Como si el mundo fuera un huevo. Un huevo pelado. Blanquito. Blandito. Listo: le echo sal y me lo como. Así me siento cuando le respondo:
―Y tú eres Yow, el chico de mis sueños, y hoy estamos bien despiertos. Es como un segundo sueño, y yo me siento flotar.
―Es como si te encontrara ―susurra él― después de una eternidad.
―Cuando comenzó mi sueño me oía repetir: «Agua y limones». En realidad lo cantaba mentalmente ―le explico―. Sin pensarlo había compuesto una melodía y «agua y limones» era toda la letra. Iba a hacerme limonada y fue entonces cuando te vi. Sé que es difícil de creer, pero también había comprado un tiburón azul. Idéntico al tuyo. No se cuánto habrá durado mi sueño. Ha ocurrido todo hace un rato: estaba tomando el sol, me he tapado la cara con una toalla pequeña y me he quedado dormida. Ahora me pregunto si no te habría visto ya...
―Es posible ―dice Yow―, porque compré todo esto hace más de una hora. ―Y ante mis cejas enarcadas―: Es que me he encontrado con un amigo y nos hemos metido en ese chirringuito ―lo señala con la barbilla― a tomar una cervecita.
―Ah... eso lo explicaría todo. O casi todo. Has dicho que soy la chica con la que sueñas... ¿Qué hacía yo en tu sueño?
Yow pone cara de pito.
―Me invitabas a limonada. ―Pone cara de calabaza―. Llevabas un tiburón como este. Por eso lo he comprado...
―Qué curioso... Yo, cuando te vi, te solté mi cantinela, la canción de la limonada, ya sabes, y tú...
Una brisa tibia me hace girar la cabeza. La playa ha enmudecido. Sigue atiborrada, pero muda. Como si estuviera contemplando una película muda en color. Vuelvo la cabeza al frente. Yow no ha dejado de mirarme. Está realmente embobado. Vaya, creo que yo también estoy embobada. Entreabro la boca: sin comprobarlo, entiendo que sobre nosotros gira el Sol y... la Luna alrededor. Sonrío como nunca lo había hecho. Y una lagrimilla feliz se desliza por mi mejilla porque ya no cabe duda: soy la chica de las sonrisas inéditas. Una familiar melodía llega hasta mis oídos y me oigo cantar:   
―Agua y limones...
Yow se pierde en mis ojos antes de replicar:
...y un tiburón azul.


No hay comentarios: